VIAJES DESDE MI CUARTO/Emilia Marcano Q.

Me perdí en el metro de Londres un día lunes a las 4.35 p.m. Los carteles me confundían, no tenía la menor idea de a donde debía dirigirme, con todo y que mi hermana me dijo muchas veces, antes de dejarme en la entrada de la estación: ”Toma el tren a York, solo haz eso y llegarás a casa”. 

¿Cómo tomar un tren a un lugar que no aparece en ninguna parte?. Me quedé parada en un rincón, inhiesta. La gente fluía en todas direcciones, aumentando mi ansiedad.

El rostro con turbante café de un desconocido me atemorizó por segundos. El hombre me dijo en claro castellano matizado con brisas de Nueva Delhi: 

-Señora... disculpe. Noto que está extraviada. ¿A donde va?. 

-A York. Dije en un susurro.

-Permítame ayudarla. Acompáñeme, es por acá.

Qué grato fue decir "gracias", agitando la mano desde el tren, al amable hindú que con una sonrisa me ayudó a volver a casa.

Emilia Marcano Quijada.
Venezuela.

INDIA

FOTO PROPIA
1.-
Se las ve a lo largo del borde de los campos que separan la carretera del pueblecillo disperso. Mujeres que se desplazan entre un paisaje de neblina polvorienta  que se escurre hasta aquí desde la cercana Delhi.
   No sé de dónde las trae ni a dónde las lleva el impulso de sus pasos. Pero sé que en algún momento se han querido a sí mismas, cuando eligieron los colores rotundos, vibrantes, de sus sharis ajados.
   Se quieren cada día cuando se visten y crean esa combinación hermosa sin remedio, los colores de fuego, de luz que lucha cada día contra el paisaje cotidiano de polvorienta niebla.
2.-
Con el sueño enredado entre las primeras impresiones, el minibús nos lleva del aeropuerto a Delhi.
   Nada más rozar la ciudad, veo desde la ventanilla los conatos de acera donde tienen su hogar  entre descoloridas tiendecillas de campaña o mugrientas mantas.
   No sé cómo ha llegado a ello, pero el guía nos está contando las inconmensurables ventajas del matrimonio concertado.
   Una mujer cocina en un hornillo precario a la intemperie. Otra barre ingenuamente su espacio con la escoba de coco.
   “En las grandes ciudades hay gente que se casa por amor, pero el amor luego desaparece...”
   Una jovencísima madre reparte entre sus criaturas descalzas pedazos de chapati.
   “En los pueblos, en ciudades menores, la sabiduría de los padres y del sacerdote conduce a la mujer a casa de los suegros. Y todo estará bien. Y el amor lo traerá el tiempo...”
   Una anciana parece que nos mira sentada junto al balde de agua y el montoncillo de cacharros que parece llevar lavando eternamente.

  El matrimonio concertado del guía ha dado ya un fruto: una hija, nos cuenta, de tres años. El nombre que le han puesto es Obediencia.
3.-
La madre los mira y los deja hacer, como desde una distancia desentendida.
   El hijo no tendrá más de siete años y pulula por la plazuela pendiente de los turistas que entran y  salen de los restaurantes que la conforman. Niños políglotas en números y nombres de monedas. Les ofrece pulseras, cada vez más baratas, baratísimas, insistente, incansable con el aplomo de quien se intuye investido del derecho que otorga la necesidad.
   La hija tendrá 4 ó 5.  En cuclillas sobre el suelo se concentra, sobre la improvisada mesa de piedras, en las siluetas de un cuadernillo para colorear. Tiene, arrimado a ella, como un tesoro, un táper con lápices de colores. Posa de vez en cuando en ellos la mirada golosa de dueña ufana, elige uno y vuelve, seria, a su trabajo. No podría decirse si juega o si está construyendo su vida trazo a trazo.
   La madre silenciosa, gesto escueto, recoge las monedas que su hijo le entrega, las guarda mansamente en la bolsa de plástico que cuelga nuevamente de la rama del árbol.
   La niña no se inmuta, ni los mira. Rosa fucsia en la mano, contempla el resultado de su obra como una diosa en ciernes.
4.-
La fortaleza de Amber está allá arriba, en lo alto del pliegue de la tierra amarilla con escasos jirones de un verde macilento.
   Sus muros rosados abrazan una entera ciudad y ese mismo color se desliza entre las laberínticas residencias de las innumerables princesas y concubinas.
   En la residencia del rajá, en sus salas de audiencias, de consejo, la cosa cambia. Se abre un caleidoscopio multicolor de mármoles, lucientes azulejos, de vidrios y maderas de sándalo.
   El gran patio dibuja la puerta de Ganesh florida en  verdes, rosas, blancos, azules o rojos cuya combinación inunda, empapa la atmósfera, y el aire  es ya de un color distinto.
   Hoy, entre los turistas, la princesa es la joven que, en la inconcebible armonía de su shari  naranja, verde y rojo, barre y vuelve a barrer el suelo de ese patio con su escoba de pajas atadas. Barre con elegancia lenta, alzando la mirada de vez en cuando como esperando un flash.
5.-
Su shari de tonos indecisos se mimetiza en los ocres ligeros de  las casas, de la tierra de los linderos que hacen las veces de calles entre ellas, de la acera donde está trabajando a la intemperie.
   En cuclillas, sus manos se sumergen en la masa que trabaja habilidosamente, la golpea con tiento contra el suelo, le da forma: van surgiendo una a una las tortas planas, casi circulares, que alinea verticales a secar.
   El color de sus manos se confunde con la bosta de vaca.
6.-
   En Calcuta, a la orilla del Ganges, acabamos de bajar de la barca.
   Los ojos guardan el titilar de las lamparillas y su multiplicado reflejo por el agua del río; los oídos, el crepitar de las piras funerarias salpicado de un fino e insistente tañer de campanillas; el olfato, un deje de humo y la acritud del  agua.
   La muchedumbre, transida de paciencia, se desplaza trabajosamente. Emana apenas un rumor guateado.
   La mujer viene a romper este casi silencio: nos ofrece bolígrafos, imanes de nevera… Su voz no se detiene, nos encandila su español fluido. Yo tengo un libro de español en casa, lo he leído, lo leo… Nos sujeta en el lazo de su historia: dos hijos, uno muerto, veintiún años, a mi marido lo mande a tomar por culo y me volví a la casa de mis padres.

Mercedes Gascón Bernal
FOTO PROPIA




ÁVILA EN LA RETINA


Despedida y saludo. Partida y regreso. Tal es la vida, no necesariamente por este orden.
El viaje gira en torno a estas premisas.
La ilusión por la novedad  nos impulsa en busca de oportunidades o nuevas experiencias. También desearíamos repetir (como si eso fuera posible) los instantes de felicidad,  una emoción o un estado de ánimo particular, cuyo recuerdo permanece vivo.
Los lugares (algunos) son los mismos, pero las personas ya no lo son. También nosotros hemos cambiado.  Estamos perplejos, no nos reconocemos, y vamos recogiendo pedacitos de vida en cada trayecto, sabiendo que en esta carrera no hay ganadores, sólo finalistas.
Viajo a Ávila a menudo, ya que es la tierra en la que nací y pasé mi niñez y primera juventud. Postergaba la crónica de estos viajes porque me costaba expresar en palabras todo lo que me transmite esta tierra.
Sin embargo,  la narradora que hay en mí se alzaba por encima de mis escrúpulos e impaciente, trazaba las líneas básicas que ahora transcribo para el blog de las viajeras y para todo aquel que desee asomarse a la ventana de la tarde y contemplar su majestuosidad.
Pues de eso trata este escrito.
Hay una foto que conservo, y de la cual quiero hablar. Este momento me buscaba.
La pátina del tiempo, la misma que nos perfila y nos transforma, cubría la estampa que la tarde brindaba y que disfrutaba mi retina en ese marzo soleado y seco del diecinueve. La Iglesia románica de san Pedro y su piedra rosada, el gran rosetón de su puerta occidental, aparecían tras la maraña vegetal que se adueñaba del primer plano. Esa construcción que llevaba en pie varios siglos, se iba conformando  como refugio o como visión casi espectral desde la luz temblorosa de los atardeceres vivos. Hay una capa dorada en los márgenes superiores del crepúsculo, que imprime un sello de irrealidad y que me transporta a una época de brillos que se imponen a las nubes y a las sombras de un tiempo que viví con la conciencia laxa de los primeros años. Esa estampa se amplía como el tronco del árbol en decenas de ramitas que forman caminos desiguales y que se elevan y se agitan en el aire como venas firmes que proclaman su valor en el transcurso de una vida.
Caminos que transitaron también las Angelines y las Sonsoles, los Javieres y los Tomases, que comen pipas de girasol bajo los soportales del Mercado Grande y que se citan para el día siguiente en el Teodorillo, un bar que ya no existe pero que conformó un camino de amistad y de peregrinaje estudiantil. Veo  después a aquella compañera de la Milagrosa con la que compartí recreos y algún castigo. Creo que ella también me reconoce, y que prefiere callar, como si hablar en ese momento fuera dar un salto en el vacío, asumir que ahora somos extrañas, y sobre todo, que algo muy nuestro quedó atrapado en un tiempo y en un lugar que ya no nos pertenece.    
A medida que anochece, la luz del sol pierde brillo, y los últimos rayos se posan en el hombre solitario que viste un abrigo loden. El abrigo y él han enraizado en la tierra, y no pasará mucho tiempo sin que ésta lo reclame. El hombre es sobrio y elegante, es noble y algo triste. Quisiera ser cristal, y casi lo consigue. Veo sus pulmones resoplando en su pecho con arabescos rojos que se contraen y se expanden con un impulso irrefrenable. De pronto, su transparencia hiere, su transparencia me resulta familiar e insufrible. Finalmente, el hombre se convierte en piedra labrada que cuenta sus silencios a todo aquel que sepa mirar más allá de los signos aprendidos.
¿Por qué será que la piedra siempre me impacta?
Debo tener cuidado: un agujero negro se ha tragado ya décadas, mis primeros tejanos y la tersura de mi frente. Se ha llevado a algunas Angelines y a algunos Tomases. Tengo fe, no obstante,  y aunque no sepa decir cuál es su génesis, sé que adquiere la delicadeza del agua cuando más se necesita, y esto me basta.  Como le ocurre tal vez a la mujer que se apresura a asistir a misa de siete, y deja las bolsas en la tienda de golosinas y frutos secos, frente a la librería Medrano, donde compré  libros de Delibes y los Campos de Castilla de Machado.
Ya casi no sé rezar, me olvido a menudo de dar las gracias incluso en esta ciudad de iglesias, sinagogas y de cementerios musulmanes.
“¿Irás mañana al Teodorillo?”, me preguntan. No puedo distinguir la cara de esa persona, pues  se ha perdido en la noche y se confunde con la estatua de La Santa, la que presidía la plaza en aquellos años. Y en cuanto a su voz, tampoco la reconozco. Mi oído no ha alcanzado la excelencia auditiva de Elena,  la cieguecita amiga de mi tía Natalia, quien le ofrece el brazo y le hace de lazarillo. Quién sabe de qué irán hablando; soy demasiado pequeña para comprender del todo su conversación, pero me siento bien entre adultos, recojo pequeñas chispas de sabiduría y dejo que me abonen.
Esa tarde, Elena ha vendido sus cupones y está feliz por saber que los números ya están repartidos y que ella se limitó a cobrar unas pesetas para que la gente cumpla su fantasía de jugar con el destino.  

Maribel Montero

SEGÚN EL PESO DE TU BALANZA, en el CAMINO

Imagen de Pixabay

                          SEGÚN EL PESO DE TU BALANZA
En algún sitio, de algún lugar, entre hayas y eucaliptos rondaban los pasos. Qué grande es el camino cuando las pisadas son lánguidas, extensas y pensativas en el llegar.
El olor a profundidad  inunda mis pulmones; exhalo vaho que decora el ambiente.
No puedo evitar rozar con mis manos el tronco de la humedad. Siento como me sienten las raíces arropadas por la tierra.
Llevo mi croucho en el bolsillo. Desde que lo encontré en el Camino es mi nuevo amuleto de la buena suerte. Palpo a menudo su existencia. Sé que está ahí y eso me reconforta.
No importa que en las orillas, en cada vereda me encuentre con muchos frutos del eucalipto, yo quiero aquél que cayó en mi cabeza mientras pasaba bajo sus ramas. Él me eligió a mí como yo a él.
El silencio ayuda a escucharte. Te dice qué te falta y qué te sobra. Sobre todo el de la mochila física, que notas su peso y piensas que con la mitad hubiera sido suficiente; pero también la espiritual. La carga te empuja hacia tu interior. Tienes todo el Camino para ir más ligera en tu viaje vital. Dejar lastre, le llaman; y yo quisiera descargar peso en cada una de las piedras que voy dejando en los hitos que señalan la dirección a Santiago.
Llegué a la fuente, la siguiente parada. Se acercó un pequeño grupo de personas que también querían refrescarse. Una voz me pidió permiso para aproximarse al alivio. La voz iba relatando, paso por paso, cada cosa que veía a un hombre que miraba a la inmensidad. Un escalofrío recorrió mi espalda e hizo recapacitar que mis quejas eran sólo eso.
La vitalidad de aquel hombre se reflejaba incluso en su mirada. Apreciaba cada palabra que  le describía tan magníficos paisajes. Su bastón rozó mis botas. Me aparté con un perdón y una sonrisa comprensiva y de admiración. Lástima que él no podía verla.
Marché para dejar hueco. En agosto hace calor como en todos los rincones de nuestra tierra y encontrar un vínculo con el agua es realmente reparador.
Se agradecen las bóvedas que crean los árboles en los senderos. Se entrelazan sus ramas y la sombra que proporciona te adentra en una misteriosa aventura. Nada mejor para conocerse que tú contigo misma…

Yolanda de las Heras Sánchez

TÚ, YA SIEMPRE DE VIAJE


        
     Perdona, les dije a todos que habías muerto. Ya sé que nunca te gustó ser la protagonista, pero llevaba un líquido en los ojos que no podía disimular. Necesitaba el pronombre, sostener la ausencia de los martes venideros. ¡«Cuánto» he de extrañarte!
Y te pensé en los algodones violetas de las nubes… te miraba desde el ruido de la tierra; saltabas de una en una, sorteando cada hueco, con la paz de saberte libre al llegar la noche.
Estábamos seguras de que somos de quienes nos piensan. Siempre serás la Mónica que supo ver tras las bambalinas. Nos encontramos en la misma coordenada de este mundo, en el lugar donde una tortilla de patatas es una fiesta. En la parada de la estación, tu nombre y el mío. La generosidad de ida y vuelta en las vías por las que circulaban palabras afines; aunar, viajeras, artes, amistad, escritoras, lealtad, familia, y un interminable etc.  
Aprendimos a compartir la fragilidad de los sentimientos, de la vida en sí, de lo que estábamos hechas, de lo que seguimos siendo: Alma. Tenías la grandeza de ver en cada pupila una razón; respetabas el mundo y sus costumbres, el soneto imperfecto, la perfección de las decisiones ajenas. «Todo será como debe ser» —decías. 
Y dejaste ventanas en la calle de mi vida, podré verte a través de ellas; serás Imeralda, paisaje, mar, estrella, río, montaña, ciudades, libro, abrazo de osa, gato, corazón,  escapada, justicia poética: Tú.
Tantos cielos compartidos y uno muy especial nos cautivó, en el sur que querías completar de macetas, ¿lo recuerdas? Sujetábamos la misma luz mientras llegaba Marina en aquel atardecer que también fue violeta. Techo que nos protegería del invierno, hueco de mar donde sentarnos a escuchar el silencio que después poblaríamos de palabras.
Ahora estarás en los todos lugares donde viviste y en las células del universo al fin. Quiero pensar que eternamente de viaje aunque las suelas de tus zapatos ya no se desgasten. 
Yo, por lo pronto, con asuntos sin resolver en la frontera de enero, con los violines del invierno hasta el tuétano de tu ausencia, y sin poder olvidarte. Sostengo la creencia, incoherente o no, de que volveremos a vernos. 
Dijiste que te ibas para volver.

(Mónica Ivulich, siempre en nuestro blogcorazón). 

Amanda Gamero










AMOR DE HIPOCAMPO


FOTOS DE LA RED

    Un viaje de placer me llevó a Estados Unidos y mi curiosidad por todo lo que el mar encierra en sus entrañas me hizo acercarme al North Caroline Acquariums. Allí el sueño de los cuentos de una niña se hizo realidad. Por primera vez me encontré con un caballito de mar vivito, coleando y embarazado.
   Presa de mi curiosidad pedí un asesoramiento guiado por el lugar y fui una insaciable preguntona sobre estos seres tan bellos como mágicos. El caballito de mar es un pequeño pez marino cuyo nombre hace referencia al parecido de su rostro con el de los caballos terrestres, pero en nada más se los puede comparar con ellos. 
Desprovistos de aleta caudal que se ha visto modificada de una cola prensil logra fijarse con ella sobre algas y plantas. Suman un total de 100 especies distribuidas por todo el mundo y todas tienen la cabeza en ángulo recto con el cuerpo al que tienen comprimido lateralmente y visten con un esqueleto cutáneo formado por anillos anulares óseos que dan rigidez al tronco. La cola en cambio es prensil y se puede enroscar para proporcionarles anclaje. Sus aletas pectorales y dorsales son muy tenues y tienen forman de abanico. Nadan lentamente. Los expertos dicen que pueden tardar dos días y medio en recorrer un kilómetro.
Algo curioso es que sus ojos se mueven independientes uno del otro y así pueden vigilar todo entre las hierbas en las que viven.

    Siempre los había visto disecados en venta en algún lugar costero. De niña creía que no existían, que eran de juguete y que sólo en mi frondosa fantasía cobraban vida. Así y todo, ejercían en mi un importante encantamiento. Verlos despertó mi niña interior y el gozo de que tus juegos cobraban vida en la realidad de una adulta que no salía de su asombro.

    Por eso ahondé sobre sus conductas y me enteré que son tan interesantes como las antiguas leyendas que los mencionan. Es capaz de ostentar notables cambios de color para acomodarse al del medio que lo rodea. Puede utilizar la cabeza para pasar entre las algas y pasando así de unas a otras.
Con frecuencia varios adultos van juntos tomados de sus colas, lo bello es que así trenzados pueden ejecutar una danza casi hipnótica para el observador. Lo malo, es que puede ser fatal cuando siendo jóvenes no saben desprenderse.
    El amor parece sentirse a través de las historias narradas sobre ellos, y sabemos científicamente que se reproducen entre los meses de primavera a verano. En esta época el macho y la hembra se entrelazan con la cola y después de una danza nupcial la hembra le traspasa con una papila genital los huevos a la bolsa ventral del macho. Llegado el momento, el nacimiento parece ser agotador para el padre. Él logra parir agarrándose firmemente con la cola sobre un soporte y frota su panza sobre una concha de mar o piedra ayudando a las crías a salir. Puede dar a luz a más de cuatrocientos jóvenes que son la perfecta réplica diminuta de un adulto.

    Como talismán del amor son usados en muchos lugares conservando los humanos, algunos disecados entre sus pertenencias. Y desde la antigüedad su polvo formaba parte de pociones frente a muchas enfermedades. A pesar de los mencionados efectos curativos se creía que sus cenizas mezcladas con vino eran un veneno mortal y que si la víctima lograba sobrevivir viviría siempre atormentada por un deseo insaciable de bañarse en mares cálidos.
Desde que se supo de su existencia el hipocampo está relacionado al amor, la veta romántica es visible en el andar como tomados de la mano con su cola prensil y seguir así hasta para aparearse. 
    Según cuenta la leyenda que conocía de niña el romanticismo no los abandona jamás pero que en un inicio los hipocampos tenían interminables amoríos, parían sus hijos las hembras y ellas cuidaban a sus crías solas. Hasta que un día cualquiera, un hipocampo se enamoró locamente de una hembrita de colita coqueta. Tal era su pasión que la persiguió por los siete mares rogándole que le concediera su amor, pero ella que había visto los sufrimientos de su madre con su padre conquistador de muchas otras, estaba decidida a seguir soltera y se le escurría entre las algas o le rechazaba los hermosos copépodos que el galán le regalaba. 
    Finalmente, cansada de tanta persecución las algas le cedieron su tinta y le escribió una fría carta anoticiándole que había decidido permanecer soltera para evitarse los dolores de un corazón destrozado por un amante fugaz.
    No insista, fueron sus últimas letras. Apenas leídas estas letras el joven hipocampo rompió en llanto. Pasó el tiempo y ella recibía toda clase de recados por lo mal que él se encontraba. Pero la seducida hembra seguía creyendo que apenas conociera a otra se olvidaría de ella. Pasó el tiempo y frustrado el joven le escribió una despedida a su amada en una estrella de mar y un beso en el pétalo de una anémona marina.  Iba a irse solo esperando que los cazadores lo captaran y de esa manera su amor por ella sería puro e intacto por quedar embalsamado.     Al enterarse de la convicción y fidelidad del amor de su galán, la bella hipocampo, desesperada nadó en su búsqueda. Y al encontrarse se juraron amor y fidelidad eterna. No conforme con ello el macho prometió su ayuda con las crías y desde ese entonces los ha gestado y parido dentro de su vientre. Neptuno los casó al día siguiente y conmovidos por la historia todos los machos y hembras de la especie tomaron la misma determinación.
    Tantas bellas historias de amor se dieron entre los hipocampos que una vez muerto uno, el otro perece de amor al poco tiempo.
Por eso cuando estés nadando y veas uno, disfrútalo y aprende, pues su amada pareja lo espera y si te ofrecen uno disecado no lo tomes, solo y seco ya no son el símbolo del amor.
    Viajar es un placer que sin dudas te depara sorpresas y nuevos aprendizajes. Esta vez, se subió al avión una mujer con el corazón de una niña, pero regresó una adulta con su niña interior, plena por haber conocido a uno de sus amigos imaginarios de la infancia. Lo vio feliz, enamorado y con su pancita colmada de pequeños hipocampos y a punto de formar la familia que lo acompañará hasta el último de sus días… y colorín colorado, hemos llegado a casa y este cuento ha terminado.



Cecilia Rodriguez
Buenos Aires, Argentina.




OTRO JUICIO EN NUREMBERG


 
FOTOS PROPIAS
   El nombre de esa ciudad ya no es consigna alguna desde hace unas semanas, ni en mi portátil ni en mi memoria. Solo conservo imágenes de puentes, monumentos, iglesias y mercados sin latidos, sin ni siquiera una foto juntos. De pronto, un viaje a dos aviones de distancia fue igual a estar más lejos el uno del otro. Ni un impulso romántico en medio de la majestuosidad del castillo de Kaiserburg, en lo alto del Alstadt. Parecía todo irreal, desde los tejados anaranjados, bermellones que se apostaban desde las murallas hasta su actitud tan fría e inerte como las piedras en las que me dejé sollozar.

   Ni una Navidad incipiente o un cumpleaños al caer, fue causa justificada para su ausencia. No hubo ningún beso a escondidas en las puertas de un castillo, ni una mirada reveladora en el calor de una cena, ni siquiera abrazos de compasión. No hubo contacto alguno entre nuestras manos de paseo, y yo, solo podía romperme al ver las manos entretejidas de amantes que se nos cruzaban en aquellas mágicas calles. Se distinguía cálido y risueño el Christkindlesmarkt, en una gigantesca extensión, se enfrentaban las ilusiones de la Navidad con sus toldos rojos y blancos y la incomprensión hacia el extraño que me acompañaba. Hasta aprendí en dos días a llorar hacia dentro: cuando las lágrimas asomaban a las ventanas, eran canalizadas hasta un desagüe que desconocía, para drenar la tristeza en silencio, por no rociar las mejillas en escarcha. Eran más fríos sus ojos, su talante, sus desaires, que la noche de una ciudad de Alemania en pleno diciembre. Se me pasó entrar penitente a la imponente catedral Frauenkirche, desde las tripas encendí una vela rogando porque él prendiera una llama de candidez en su trato por mí. Cuando le pude detentar en mi pecho por unos minutos, confirmé que no era deseo hacia mi piel, cumplió un mero trámite, mi cintura no fue acariciada, más bien compulsada. Tal como el apetito le apremió, como el que come por hambre, no por placer. Pocas palabras, un par de vagas confesiones casi por imposición, ninguna ojeada de autor a su musa como me tenía acostumbrada.  

   En un ataque de desespero apareció un puente ante nosotros, uno de varios que atraviesan la ciudad. Comunicaba la zona norte con la zona sur del casco antiguo, un sencillo puente de tres arcadas sobre el río Pegnitz. Caminé por el Max Brücke, flotando sobre la historia y de alguna forma conectando con aquellos que antes que yo pisaron esas piedras, por si ello pudiera exonerarme de alguna culpa de la que no era consciente en su ofensa callada. No fue relleno cada palabra, ni licencia literaria la que pronuncié, la que escribí sobre él, en aquellos instantes así sentí. Me retuve, me contuve aún incrédula de su ímpetu, pero, al ir acompañado de pruebas fehacientes, me dejé caer, culpable de ilusión. 

   La casa del artista Durero aún perdura en el centro de la ciudad, las bombas no pudieron derribarla. Como su indiferencia, incomprensiblemente yo seguía latiendo frente a sus balas de rabia y veneno. 
   

   Ni siquiera en Weißgerbergasse, la calle más bonita, tuvo una punzada de sensibilidad para mirarme y tomarme de la mano. Una amplia variedad de casas, en otro tiempo de familias clase media y alta, nos miraban desde sus ventanas, y aún me pareció oír llorar alguna cortina que atisbaba rota de dolor, distinguiendo la frialdad de él. Me sonó a ironía cuando al leer la pequeña leyenda de la calle, descubrir que era una calle de curtidores en talleres tradicionales… y yo no hacía más que dejarme la piel en el vacío que dejaba él a mi lado.
   Mi sentencia llegó en el avión de vuelta. Cobarde, dos días más tarde, desertó por mensaje y concediéndome un exceso final de cuatro minutos al teléfono, confesó que quiso dejarme ya en el aeropuerto. No iba yo tan errada cuando, al pasar por la aduana, quise declarar a la policía que el hombre que me acompañaba no llevaba un alma encima.

Mónica López




CARAS SIN VELO

  Voy por ahí tropezando con caras. Soñando con caras, avanzando entre caras. Caras como aleteos o arrebatos feroces. Caras que se cierran e...