TETUÁN



Esa cal blanquecina y triste.
Voces al rezo modulando los desconchones.
La luz del mediodía quebrándose en las bóvedas.
El silencio incrustado en sus latidos.
Soledades que tañen pausadamente la belleza.
Tardes que serpentean el tiempo detenido,
encelando  los enebros con pájaros primerizos.
Contemplación de un horizonte
herido por la altivez del gallo.
Paloma blanca de pechos generosos
donde crepitan impolutas las estrellas.
Tetuán, magnolia inmaculada
de mujeres y hombres  afables.
Mar de los orígenes que amo.
Descanso lacerado de Fortuny.
Poesía con alas.
Humilde  milagro.

Rocío Biedma

CRÓNICA SENTIMENTAL DE CHILE


El otro camino de Santiago. Crónica sentimental de Chile.

¡Qué belleza se despliega ante nosotros cuando accedemos a la terraza del hotel!: cientos de casas de colores que suben y bajan sinuosas por los cerros; en el horizonte, la gran bahía de Valparaíso donde se divisan las naves de la Armada Chilena, a lo lejos, los contornos de Viña del Mar, Reñaca, Horcón… Muchas, muchas gaviotas y albatros que sobrevuelan el puerto. Me resulta dificultoso describir el tono azulado del cielo y del mar, distinto del Mediterráneo, más atenuado quizá, ni mejor ni peor, diferente. Cruzo la mirada con un gato blanco que me observa desde un tejado situado frente a mi terraza. Está sentado pero pendiente de mis movimientos. He perturbado su tarde. Miro hacia otro lado y veo por el rabillo del ojo que empieza a lamerse una pata. 
Mi maleta es un caos de ropa revuelta, no me he entretenido a colgarla en el armario al cambiar de hotel y no encuentro mis prendas. Cremas, zapatos, folletos y neceser están ilocalizables cuando los necesito. Es una señal, un síntoma de que este país me ha devuelto a mis orígenes porque yo, en realidad, soy así, o así era antes de convertirme en una adulta controlada. Parece como si el ámbito doméstico me mantuviera aferrada a una serie de hábitos de la persona que se supone que soy y que aquí hubiese recuperado la esencia. Me gusta esa sensación, ese desorden de todo. He recobrado la pasión y la despreocupación. Oriol protesta cada vez que tropieza con alguno de mis objetos fuera de lugar y dice que precisaré de una tarde para hacer la maleta cuando nos vayamos. Tengo la errónea percepción de que hace semanas que estamos en Chile, recapitulo los días anteriores al viaje y me parecen tan lejanos como ajenos.

Margarita Espuña

Destino: ESPAÑA



-¿Otra vez?
-¡Si, porque me encanta!

Conocí España el año pasado y este año decidí volver. ¿Cuál fue el motivo que me llevó a elegir a este país nuevamente? La respuesta es: TODO. Geográficamente es un lugar con variedad de paisajes que se alternan o combinan entre sí. Ves verde, ves piedra, ves mar. Sus colores te mantienen las pupilas encendidas largo rato.


Siendo yo de Argentina, un país joven, resulta impactante estar caminando de pronto por lugares medievales, visitar fortalezas, palacios o castillos. Ver arte por todos lados. Historia estudiada en algún momento de mi vida, leída o imaginada pasando páginas.


Decidimos viajar en octubre por lo tanto el clima fue agradable y evitamos temperaturas extremas o excesivo turismo. Soy de las que cree que caminando y caminando es como mejor conocés los lugares y eso hicimos. A cada paso y a cada duda, la gente con la que me he cruzado me resultó maravillosa, siempre atentos a explicarnos, guiarnos en nuestro itinerario, de buen modo y con una sonrisa. Noto alegría al conversar con las mujeres españolas. Me gustan sus tonadas, sus acentos y su simpatía. Las encuentro resueltas y decididas. Son muy agradables. Dicho sea de paso  he hecho dos amigas encantadoras.
                               
En los recorridos diarios disfruté el toparme con ferias o mercadonas. Ahí es cuando preferís sin duda estar alojada en un apartamento y no en un  hotel. Cuando te deleitás la vista con los productos frescos, variados y coloridos te agarran unas ganas locas de cocinarte un plato. Pasé por lugares donde vendían pescado y frutos de mar  tan diversos que recordé a mi hermana cuando años atrás vivió en Madrid y aprendió a cocinarlos, que no debe ser cosa fácil.

 Sería injusto decir que me gustó un lugar más que el otro. Realmente descubrí que cada lugar tiene "su algo especial" y lo disfruté enormemente.
Puedo nombrar Barcelona o Madrid a donde decido llegar con los vuelos y empezar a recordar Valencia, Córdoba, Granada, Sevilla, Toledo del viaje anterior o pasar fotos y ver sitios muy bellos de la Costa Brava.
TODO tiene su encanto, cada lugar su personalidad y su marca registrada. Bonito y mucho. Para volver.

Virginia Marconi



VIAJES DESDE MI CUARTO/Emilia Marcano Q.

Me perdí en el metro de Londres un día lunes a las 4.35 p.m. Los carteles me confundían, no tenía la menor idea de a donde debía dirigirme, con todo y que mi hermana me dijo muchas veces, antes de dejarme en la entrada de la estación: ”Toma el tren a York, solo haz eso y llegarás a casa”. 

¿Cómo tomar un tren a un lugar que no aparece en ninguna parte?. Me quedé parada en un rincón, inhiesta. La gente fluía en todas direcciones, aumentando mi ansiedad.

El rostro con turbante café de un desconocido me atemorizó por segundos. El hombre me dijo en claro castellano matizado con brisas de Nueva Delhi: 

-Señora... disculpe. Noto que está extraviada. ¿A donde va?. 

-A York. Dije en un susurro.

-Permítame ayudarla. Acompáñeme, es por acá.

Qué grato fue decir "gracias", agitando la mano desde el tren, al amable hindú que con una sonrisa me ayudó a volver a casa.

Emilia Marcano Quijada.
Venezuela.

INDIA

FOTO PROPIA
1.-
Se las ve a lo largo del borde de los campos que separan la carretera del pueblecillo disperso. Mujeres que se desplazan entre un paisaje de neblina polvorienta  que se escurre hasta aquí desde la cercana Delhi.
   No sé de dónde las trae ni a dónde las lleva el impulso de sus pasos. Pero sé que en algún momento se han querido a sí mismas, cuando eligieron los colores rotundos, vibrantes, de sus sharis ajados.
   Se quieren cada día cuando se visten y crean esa combinación hermosa sin remedio, los colores de fuego, de luz que lucha cada día contra el paisaje cotidiano de polvorienta niebla.
2.-
Con el sueño enredado entre las primeras impresiones, el minibús nos lleva del aeropuerto a Delhi.
   Nada más rozar la ciudad, veo desde la ventanilla los conatos de acera donde tienen su hogar  entre descoloridas tiendecillas de campaña o mugrientas mantas.
   No sé cómo ha llegado a ello, pero el guía nos está contando las inconmensurables ventajas del matrimonio concertado.
   Una mujer cocina en un hornillo precario a la intemperie. Otra barre ingenuamente su espacio con la escoba de coco.
   “En las grandes ciudades hay gente que se casa por amor, pero el amor luego desaparece...”
   Una jovencísima madre reparte entre sus criaturas descalzas pedazos de chapati.
   “En los pueblos, en ciudades menores, la sabiduría de los padres y del sacerdote conduce a la mujer a casa de los suegros. Y todo estará bien. Y el amor lo traerá el tiempo...”
   Una anciana parece que nos mira sentada junto al balde de agua y el montoncillo de cacharros que parece llevar lavando eternamente.

  El matrimonio concertado del guía ha dado ya un fruto: una hija, nos cuenta, de tres años. El nombre que le han puesto es Obediencia.
3.-
La madre los mira y los deja hacer, como desde una distancia desentendida.
   El hijo no tendrá más de siete años y pulula por la plazuela pendiente de los turistas que entran y  salen de los restaurantes que la conforman. Niños políglotas en números y nombres de monedas. Les ofrece pulseras, cada vez más baratas, baratísimas, insistente, incansable con el aplomo de quien se intuye investido del derecho que otorga la necesidad.
   La hija tendrá 4 ó 5.  En cuclillas sobre el suelo se concentra, sobre la improvisada mesa de piedras, en las siluetas de un cuadernillo para colorear. Tiene, arrimado a ella, como un tesoro, un táper con lápices de colores. Posa de vez en cuando en ellos la mirada golosa de dueña ufana, elige uno y vuelve, seria, a su trabajo. No podría decirse si juega o si está construyendo su vida trazo a trazo.
   La madre silenciosa, gesto escueto, recoge las monedas que su hijo le entrega, las guarda mansamente en la bolsa de plástico que cuelga nuevamente de la rama del árbol.
   La niña no se inmuta, ni los mira. Rosa fucsia en la mano, contempla el resultado de su obra como una diosa en ciernes.
4.-
La fortaleza de Amber está allá arriba, en lo alto del pliegue de la tierra amarilla con escasos jirones de un verde macilento.
   Sus muros rosados abrazan una entera ciudad y ese mismo color se desliza entre las laberínticas residencias de las innumerables princesas y concubinas.
   En la residencia del rajá, en sus salas de audiencias, de consejo, la cosa cambia. Se abre un caleidoscopio multicolor de mármoles, lucientes azulejos, de vidrios y maderas de sándalo.
   El gran patio dibuja la puerta de Ganesh florida en  verdes, rosas, blancos, azules o rojos cuya combinación inunda, empapa la atmósfera, y el aire  es ya de un color distinto.
   Hoy, entre los turistas, la princesa es la joven que, en la inconcebible armonía de su shari  naranja, verde y rojo, barre y vuelve a barrer el suelo de ese patio con su escoba de pajas atadas. Barre con elegancia lenta, alzando la mirada de vez en cuando como esperando un flash.
5.-
Su shari de tonos indecisos se mimetiza en los ocres ligeros de  las casas, de la tierra de los linderos que hacen las veces de calles entre ellas, de la acera donde está trabajando a la intemperie.
   En cuclillas, sus manos se sumergen en la masa que trabaja habilidosamente, la golpea con tiento contra el suelo, le da forma: van surgiendo una a una las tortas planas, casi circulares, que alinea verticales a secar.
   El color de sus manos se confunde con la bosta de vaca.
6.-
   En Calcuta, a la orilla del Ganges, acabamos de bajar de la barca.
   Los ojos guardan el titilar de las lamparillas y su multiplicado reflejo por el agua del río; los oídos, el crepitar de las piras funerarias salpicado de un fino e insistente tañer de campanillas; el olfato, un deje de humo y la acritud del  agua.
   La muchedumbre, transida de paciencia, se desplaza trabajosamente. Emana apenas un rumor guateado.
   La mujer viene a romper este casi silencio: nos ofrece bolígrafos, imanes de nevera… Su voz no se detiene, nos encandila su español fluido. Yo tengo un libro de español en casa, lo he leído, lo leo… Nos sujeta en el lazo de su historia: dos hijos, uno muerto, veintiún años, a mi marido lo mande a tomar por culo y me volví a la casa de mis padres.

Mercedes Gascón Bernal
FOTO PROPIA




ÁVILA EN LA RETINA


Despedida y saludo. Partida y regreso. Tal es la vida, no necesariamente por este orden.
El viaje gira en torno a estas premisas.
La ilusión por la novedad  nos impulsa en busca de oportunidades o nuevas experiencias. También desearíamos repetir (como si eso fuera posible) los instantes de felicidad,  una emoción o un estado de ánimo particular, cuyo recuerdo permanece vivo.
Los lugares (algunos) son los mismos, pero las personas ya no lo son. También nosotros hemos cambiado.  Estamos perplejos, no nos reconocemos, y vamos recogiendo pedacitos de vida en cada trayecto, sabiendo que en esta carrera no hay ganadores, sólo finalistas.
Viajo a Ávila a menudo, ya que es la tierra en la que nací y pasé mi niñez y primera juventud. Postergaba la crónica de estos viajes porque me costaba expresar en palabras todo lo que me transmite esta tierra.
Sin embargo,  la narradora que hay en mí se alzaba por encima de mis escrúpulos e impaciente, trazaba las líneas básicas que ahora transcribo para el blog de las viajeras y para todo aquel que desee asomarse a la ventana de la tarde y contemplar su majestuosidad.
Pues de eso trata este escrito.
Hay una foto que conservo, y de la cual quiero hablar. Este momento me buscaba.
La pátina del tiempo, la misma que nos perfila y nos transforma, cubría la estampa que la tarde brindaba y que disfrutaba mi retina en ese marzo soleado y seco del diecinueve. La Iglesia románica de san Pedro y su piedra rosada, el gran rosetón de su puerta occidental, aparecían tras la maraña vegetal que se adueñaba del primer plano. Esa construcción que llevaba en pie varios siglos, se iba conformando  como refugio o como visión casi espectral desde la luz temblorosa de los atardeceres vivos. Hay una capa dorada en los márgenes superiores del crepúsculo, que imprime un sello de irrealidad y que me transporta a una época de brillos que se imponen a las nubes y a las sombras de un tiempo que viví con la conciencia laxa de los primeros años. Esa estampa se amplía como el tronco del árbol en decenas de ramitas que forman caminos desiguales y que se elevan y se agitan en el aire como venas firmes que proclaman su valor en el transcurso de una vida.
Caminos que transitaron también las Angelines y las Sonsoles, los Javieres y los Tomases, que comen pipas de girasol bajo los soportales del Mercado Grande y que se citan para el día siguiente en el Teodorillo, un bar que ya no existe pero que conformó un camino de amistad y de peregrinaje estudiantil. Veo  después a aquella compañera de la Milagrosa con la que compartí recreos y algún castigo. Creo que ella también me reconoce, y que prefiere callar, como si hablar en ese momento fuera dar un salto en el vacío, asumir que ahora somos extrañas, y sobre todo, que algo muy nuestro quedó atrapado en un tiempo y en un lugar que ya no nos pertenece.    
A medida que anochece, la luz del sol pierde brillo, y los últimos rayos se posan en el hombre solitario que viste un abrigo loden. El abrigo y él han enraizado en la tierra, y no pasará mucho tiempo sin que ésta lo reclame. El hombre es sobrio y elegante, es noble y algo triste. Quisiera ser cristal, y casi lo consigue. Veo sus pulmones resoplando en su pecho con arabescos rojos que se contraen y se expanden con un impulso irrefrenable. De pronto, su transparencia hiere, su transparencia me resulta familiar e insufrible. Finalmente, el hombre se convierte en piedra labrada que cuenta sus silencios a todo aquel que sepa mirar más allá de los signos aprendidos.
¿Por qué será que la piedra siempre me impacta?
Debo tener cuidado: un agujero negro se ha tragado ya décadas, mis primeros tejanos y la tersura de mi frente. Se ha llevado a algunas Angelines y a algunos Tomases. Tengo fe, no obstante,  y aunque no sepa decir cuál es su génesis, sé que adquiere la delicadeza del agua cuando más se necesita, y esto me basta.  Como le ocurre tal vez a la mujer que se apresura a asistir a misa de siete, y deja las bolsas en la tienda de golosinas y frutos secos, frente a la librería Medrano, donde compré  libros de Delibes y los Campos de Castilla de Machado.
Ya casi no sé rezar, me olvido a menudo de dar las gracias incluso en esta ciudad de iglesias, sinagogas y de cementerios musulmanes.
“¿Irás mañana al Teodorillo?”, me preguntan. No puedo distinguir la cara de esa persona, pues  se ha perdido en la noche y se confunde con la estatua de La Santa, la que presidía la plaza en aquellos años. Y en cuanto a su voz, tampoco la reconozco. Mi oído no ha alcanzado la excelencia auditiva de Elena,  la cieguecita amiga de mi tía Natalia, quien le ofrece el brazo y le hace de lazarillo. Quién sabe de qué irán hablando; soy demasiado pequeña para comprender del todo su conversación, pero me siento bien entre adultos, recojo pequeñas chispas de sabiduría y dejo que me abonen.
Esa tarde, Elena ha vendido sus cupones y está feliz por saber que los números ya están repartidos y que ella se limitó a cobrar unas pesetas para que la gente cumpla su fantasía de jugar con el destino.  

Maribel Montero

SEGÚN EL PESO DE TU BALANZA, en el CAMINO

Imagen de Pixabay

                          SEGÚN EL PESO DE TU BALANZA
En algún sitio, de algún lugar, entre hayas y eucaliptos rondaban los pasos. Qué grande es el camino cuando las pisadas son lánguidas, extensas y pensativas en el llegar.
El olor a profundidad  inunda mis pulmones; exhalo vaho que decora el ambiente.
No puedo evitar rozar con mis manos el tronco de la humedad. Siento como me sienten las raíces arropadas por la tierra.
Llevo mi croucho en el bolsillo. Desde que lo encontré en el Camino es mi nuevo amuleto de la buena suerte. Palpo a menudo su existencia. Sé que está ahí y eso me reconforta.
No importa que en las orillas, en cada vereda me encuentre con muchos frutos del eucalipto, yo quiero aquél que cayó en mi cabeza mientras pasaba bajo sus ramas. Él me eligió a mí como yo a él.
El silencio ayuda a escucharte. Te dice qué te falta y qué te sobra. Sobre todo el de la mochila física, que notas su peso y piensas que con la mitad hubiera sido suficiente; pero también la espiritual. La carga te empuja hacia tu interior. Tienes todo el Camino para ir más ligera en tu viaje vital. Dejar lastre, le llaman; y yo quisiera descargar peso en cada una de las piedras que voy dejando en los hitos que señalan la dirección a Santiago.
Llegué a la fuente, la siguiente parada. Se acercó un pequeño grupo de personas que también querían refrescarse. Una voz me pidió permiso para aproximarse al alivio. La voz iba relatando, paso por paso, cada cosa que veía a un hombre que miraba a la inmensidad. Un escalofrío recorrió mi espalda e hizo recapacitar que mis quejas eran sólo eso.
La vitalidad de aquel hombre se reflejaba incluso en su mirada. Apreciaba cada palabra que  le describía tan magníficos paisajes. Su bastón rozó mis botas. Me aparté con un perdón y una sonrisa comprensiva y de admiración. Lástima que él no podía verla.
Marché para dejar hueco. En agosto hace calor como en todos los rincones de nuestra tierra y encontrar un vínculo con el agua es realmente reparador.
Se agradecen las bóvedas que crean los árboles en los senderos. Se entrelazan sus ramas y la sombra que proporciona te adentra en una misteriosa aventura. Nada mejor para conocerse que tú contigo misma…

Yolanda de las Heras Sánchez

CARAS SIN VELO

  Voy por ahí tropezando con caras. Soñando con caras, avanzando entre caras. Caras como aleteos o arrebatos feroces. Caras que se cierran e...