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C I E N D Í A S # 100 días- # PANDEMIA 2020


Y al principio fueron días que juntaron semanas y sumaron meses. Llegar a 100 días nos pareció increíble.
Cien días fueron suficientes para saber del encierro y de los cuidados, de los temores y los miedos no esperados.
Ver cómo tan pronto pasa la salud a ser enfermedad y el pánico de enfermar  y ser mortal. 

Pasan las horas con preguntas sin respuestas y ánimos en todos sus estados. Cien días de besos y abrazos ausentes, caras desdibujadas y afectos congelados.

Cumpleaños solitarios para festejar, ausencia de lo conocido y lo habitual. 

Cien días con otros relojes midiendo el tiempo. Nuestro tiempo. Cien días en que salen panes del horno y el cocinar nos llena el alma.

La virtualidad abrumadora envuelve los hogares.

Aquí desde la urbanidad donde todo es más peligroso, ahora, me quedo en casa.
Espero, mirando por la ventana la llegada de la primavera.

Virginia Marconi

VIAJE AL MAR EN INVIERNO


Viajo hacia el mar, veo las gaviotas, las oigo. Percibo el olor a sal concentrada.
Me llevan las olas y el viento, se levantan ráfagas de espuma que me envuelven para llevarme al infinito.
Pasan por mi memoria las estaciones y ahora que es invierno, decido amar el frío que me recorre la piel y el sol que pugna por salir para darme algo de calor.
Hundo las manos en la arena que aún permanece tibia, cierro los ojos, algo pequeño y grande a la vez se crea a mi alrededor, me balanceo al ritmo de los elementos.
No hay nada, nadie, estamos el mar y yo a solas.
Un rayo de sol sale tímido pero con fuerza y como un girasol me vuelvo hacia él, me hipnotiza y me quedo así un tiempo indefinido, no sé cuánto, ni me interesa.
Abro los ojos y contemplo las pequeñas embarcaciones que se mueven en el más absoluto silencio, quizás sea un cuadro inventado por mi, no parecen reales, son minúsculas manchas blancas que avanzan en grupitos.
Las nubes se amontonan unas sobre otras acolchando el cielo.
Me levanto, camino pisando crujientes conchas que se esparcen a miles por la orilla y ese sonido me acompaña por la larga franja de arena que parece no tener fin.
Voy juntando a cada paso pedazos de este camino en solitario, llenando los bolsillos de arena y piedras extrañas que sé que luego tiraré.
Y cuando todos huyen a casa para calentar sus almas desgastadas del trabajo y la rutina, viajo conmigo misma al fondo del corazón, al infinito. La espuma del mar, la arena, alguna gaviota y las embarcaciones en silencio, me acompañan.

Rosario Álamo.

EMPANADA MARGARITEÑA



Viajero de mil confines,

cuando tus pasos te lleven
por las angostas calles de mi pueblo,
detén la vista un segundo en las esquinas
y escucha la voz cantarina de los calderos
por el aceite caliente que ya espera.

No te apresures, ve muy despacio,
siente como el fragante olor
invade tu apetito,
y acércate a la mujer de manos laboriosas
que en la humilde mesa de trabajo
prepara la masa, blanca y amarilla,
recibiendo en su seno
al cazón de nuestros mares;
escucha como se han mezclado
tierra y mar en su palidez divina,
para iniciar un baile centenario
en la crepitante fritura,
que encuentra su sino en los paladares
del típico desayuno de mi tierra.

Viajero de mil andares,
cuando camines por Pampatar,
Punta De Piedras,
Juan Griego y La Asunción,
no te conformes con mirar;
detén el alma por unos minutos,
y siéntate a degustar
la dulzura de la empanada margariteña,
la sonrisa de la mujer que afanosa
te ofrece el fruto ancestral de su trabajo
y te invita a soñar,
y te canta el sentir
de toda la orilla de la playa,
del vivo verso con sabor a Margarita.



Emilia Marcano Quijada

(Venezuela)


EGIPTO "LOS OJOS DE LIZ TAYLOR"


TEBAS

TEMPLO DE EDFU

¿Qué habrá sido de ti?, me pregunto mientras observo con dolorosa añoranza la última fotografía, en Edfu. ¿Dónde está aquel niño de Karnak, el de piel morena como un nubio y los ojos de color verde esmeralda?
Los últimos rayos de sol iluminaban las piedras del templo de Karnak, y la antigua Tebas lucía en todo su esplendor. La Avenida de las Esfinges apareció ante nosotros con su árida desnudez monumental. Formábamos parte del grupo de turistas que pasaban junto a las estatuas casi de puntillas, con un estremecimiento pagano. Las  estatuas decapitadas y majestuosas parecían esperar desde siglos nuestra llegada, mientras recogían el fuego del crepúsculo como fraguas donde se funde el acero. Y entonces, acompañando nuestro inicial titubeo de multitud algo perdida, la explanada se llenó del bullicio de la gente de Alejandría que estaba de vacaciones, celebrando la fiesta del cordero.
El niño de los ojos de color verde esmeralda llegó jadeando de impaciencia por alcanzarnos; despuntaba maneras principescas: labios entreabiertos y cordiales, el cuello esbelto y oscuro, adelantado, la voz desafinada de los adolescentes. Abriéndose paso como un elegido. Enseguida nos enseñó cada una de las minucias que formaban en su regazo una torre fluctuante parecida a la rama de un árbol a punto de quebrarse por el peso. Extendió en el suelo toda su mercancía, y puesto que nos habíamos parado, interesados en ella, nos observaba con expectación, pero también con exigencia. Probablemente deseaba acabar pronto, alejarse de la palidez mortal de los extranjeros y abandonarse al lujo de la tarde exuberante que traía la alegría del juego y la aventura. Recuerdo que parecía defenderse de algo cuando pasó la mano por el lomo del buey Apis, totémico y avejentado por varias capas de pintura. 
Su caricia estaba llena de superstición y cariño, de tal modo sostenía a aquella criatura raquítica, encogida desde su descenso de los cielos de Osiris. Otra de sus bazas era el faraón Tuthankamon, cuya maldición alimentaba la literatura desde la época de la profanación. El último de los tesoros puestos en venta era un escriba de granito que tenía una muesca en  la mano derecha.
Nos agachamos, como era preceptivo y, una vez que estuvimos frente a él, quedamos fascinados por tanta belleza cubierta de harapos. Y sobre todo por sus ojos, un imán para los ávidos de novedades y fuerzas telúricas.
Es la lucha tenaz contra el tedio la que convierte al turista en especie devoradora. Lo más inmediato, lo que tiene al alcance de su boca, es tiempo. Decide madrugar, pero madrugar no es suficiente; aunque sea un buen pretexto, en realidad no se va en busca del día, sino de un sueño o una quimera que tiene las horas contadas.

                                                                                                                           ...continuará.
Maribel Montero

CARAS SIN VELO

  Voy por ahí tropezando con caras. Soñando con caras, avanzando entre caras. Caras como aleteos o arrebatos feroces. Caras que se cierran e...