C I E N D Í A S # 100 días- # PANDEMIA 2020


Y al principio fueron días que juntaron semanas y sumaron meses. Llegar a 100 días nos pareció increíble.
Cien días fueron suficientes para saber del encierro y de los cuidados, de los temores y los miedos no esperados.
Ver cómo tan pronto pasa la salud a ser enfermedad y el pánico de enfermar  y ser mortal. 

Pasan las horas con preguntas sin respuestas y ánimos en todos sus estados. Cien días de besos y abrazos ausentes, caras desdibujadas y afectos congelados.

Cumpleaños solitarios para festejar, ausencia de lo conocido y lo habitual. 

Cien días con otros relojes midiendo el tiempo. Nuestro tiempo. Cien días en que salen panes del horno y el cocinar nos llena el alma.

La virtualidad abrumadora envuelve los hogares.

Aquí desde la urbanidad donde todo es más peligroso, ahora, me quedo en casa.
Espero, mirando por la ventana la llegada de la primavera.

Virginia Marconi

MAR DEL PLATA (La llaman la ciudad feliz)


En esta ciudad se conocieron mis padres y vivieron mis abuelos. Cada parte que recorro es para mí un recuerdo. Con el paso del tiempo vienen también los cambios con sus reformas y modificaciones. Pero, más allá de esto que sucede en todos lados, lo que no cambia es la geografía de esta ciudad y es lo que la hace tan maravillosa, con sus cabos, sus puntas, sus médanos y sus acantilados.

Según cuenta la historia Fernando de Magallanes , al servicio de España, fue el primer europeo en navegar sus costas, pero fue el español Juan de Garay quien la describió como una costa muy galana y la recorrió por tierra en 1581.



Es la playa más popular en Buenos Aires con un turismo numeroso en vacaciones.

A pesar de no gustarme los lugares repletos de gente, siempre me hago una escapada en verano y la recorro buscando una playa solitaria o disfrutando las luces nocturnas de la costa.
Este 2020 comencé el año ahí, esperando la llegada del año nuevo y es verdad que el clima no acompañó gran cosa pero a las 12 todo era festejos. 
Si la noche se presenta calurosa se acostumbra cenar sobre la costa. Se lleva comida, copas para el brindis, sillas, reposeras, y se disfruta a la espera del fin de año y comienzo del nuevo.



Cerca del puerto hay muchos lobos marinos . Es este animal justamente el que identifica a la ciudad de Mar del Plata.



Se encuentra esta obra en la entrada del "Museo Mar", lugar que frecuento ya que es mi punto de partida para salir de caminata a la mañana temprano, tomar un café por las tardes en busca de señal wifi o recorrer las muestras del momento.


Es en estas playas marplatenses donde vivió y puso fin a su vida la poetisa Alfonsina Storni. 




Mar del Plata es para mi el verano con su diversidad de turistas, la escapada de fin de semana durante el  invierno, es también mi infancia, los paseos con mi padrino siendo  niña, las visitas a la casa de mis abuelos, la laguna salada y el temor a los cangrejos, es la playa; pero también el campo donde vacacionaba junto a mi familia.
Hoy sigo volviendo al mismo lugar una vez por año a juntar ramos de  menta, ver los girasoles, andar a caballo y bañarme en el mar.
Es para mí la Ciudad feliz.

Virginia Marconi

VIAJE AL MAR EN INVIERNO


Viajo hacia el mar, veo las gaviotas, las oigo. Percibo el olor a sal concentrada.
Me llevan las olas y el viento, se levantan ráfagas de espuma que me envuelven para llevarme al infinito.
Pasan por mi memoria las estaciones y ahora que es invierno, decido amar el frío que me recorre la piel y el sol que pugna por salir para darme algo de calor.
Hundo las manos en la arena que aún permanece tibia, cierro los ojos, algo pequeño y grande a la vez se crea a mi alrededor, me balanceo al ritmo de los elementos.
No hay nada, nadie, estamos el mar y yo a solas.
Un rayo de sol sale tímido pero con fuerza y como un girasol me vuelvo hacia él, me hipnotiza y me quedo así un tiempo indefinido, no sé cuánto, ni me interesa.
Abro los ojos y contemplo las pequeñas embarcaciones que se mueven en el más absoluto silencio, quizás sea un cuadro inventado por mi, no parecen reales, son minúsculas manchas blancas que avanzan en grupitos.
Las nubes se amontonan unas sobre otras acolchando el cielo.
Me levanto, camino pisando crujientes conchas que se esparcen a miles por la orilla y ese sonido me acompaña por la larga franja de arena que parece no tener fin.
Voy juntando a cada paso pedazos de este camino en solitario, llenando los bolsillos de arena y piedras extrañas que sé que luego tiraré.
Y cuando todos huyen a casa para calentar sus almas desgastadas del trabajo y la rutina, viajo conmigo misma al fondo del corazón, al infinito. La espuma del mar, la arena, alguna gaviota y las embarcaciones en silencio, me acompañan.

Rosario Álamo.

CRACOVIA


CRACOVIA

Nos fueron a recoger antes de lo previsto. No era el día de partida y nos llamaron desde allí. El tiempo por fin no existía o quizás, a causa del frío, se había quedado congelado.

Nos deslizamos por sus calles empedradas bordeando la colina de Wavel y el Dragón nos recordó su sed. Un bullicio silencioso ofreció los sabores del mercado navideño y la plaza se abrió con todo su esplendor húmedo, un sábado por la mañana.

Encontramos refugio en su Lonja cargada de paños, ajedreces tallados y ámbar. Y en los arcos góticos resonó la trompeta que alerta a los guardianes de las puertas de la ciudad.

Cuenta la leyenda sobre sus torres, sobre el cuchillo pendido en un pilar entre calles…, se muestra la Historia y la relevancia de esta ciudad medieval, centro neurálgico de caravanas y rutas comerciales y que nos invita a correr sin aliento a deshoras para llegar a todos sus rincones.

Al despertar del segundo día, una excursión programada nos llevó a los campos cementerio de Auschwitz, extensión del horror extremo. Y después de un menú a destiempo en un local típico en el que hasta los perros comen del plato y con un café en la bota, descendimos 400 escalones a las profundidades de la tierra para sanar en la magia de las Minas de Sal, tesoro con tres capillas talladas y una réplica de la última cena, entre otras maravillas.

Y al tercer día, ascendimos a la colina que acoge la Catedral, el Palacio y los Museos en los que se puede conocer de la vida de los personajes ilustres polacos.

A pesar de sus temperaturas, la vida se hace en la calle, a pesar de que te patinen las botas, las sopas calientes y sus accesorios de madera, convidan a disfrutar de las plazas y su laberinto de sótanos que hacen del subsuelo un mundo vivo. A pesar del dolor y la gloria del viajero, la conexión con la esencia de tantos individuos que a lo largo de los años nos han preexistido es tal, que nos planteamos sobre el alma y otras cuestiones.

Isabel Mendieta Rodríguez
Escritora viajera.

EL VIAJE DE LA VIDA


FOTO PROPIA

Recorriendo el pasado encontré instantes congelados
en el tiempo de una foto,
cuando la vida transcurría en blanco y negro.
Encontré mi niñez color sepia
cuando los días eran largos
y las primaveras flor y agua.
El sol empezaba a dar luz a la vida,
 yo iba de la mano de un sueño azul que a veces perdía su color…
eran los reflejos de la inocencia en la penumbra,
de algo que no podía entender.
Crucé un puente de océano y tormentas
hasta un puerto incierto que me era desconocido
y hallé manos que luego fueron amigas.
Caminé mi tiempo buscando palabras
en el viento, en el agua y en los ojos que me miran.
La vida es un viaje cada día
y yo,
 camino de su mano.


Sixta Tulia Arango

PASEO POR LOS CASTILLOS DEL LOIRA


No es dónde ni con quién, lo importante es cómo te sientes en un lugar. No es un establecimiento grande, ni tampoco es necesario. Es el mejor lugar para tomar un café y disfrutar de un cup cake. Difícil es la elección entre la multitud de colores y sabores para elegir. Me resultó contradictorio ver a la dependienta disfrutando de un mate. 
Próximo al lugar donde habita el aroma de café, se asienta otro lugar con encanto, el gran castillo francés de Chenonceaux.
Podíamos haber elegido cualquier otra ruta de los castillos del Loira, pero nos decidimos por la que nos despertó nuestros mejores instintos:  Chenoneaux, Chambord, Blois, Ambois, Rigny Ussé y Villandry  -que no pudimos disfrutar de sus maravillosos jardines  debido a la inmensa lluvia que nos acompañaba en nuestro escenario-.
Teniendo en cuenta la extensa cantidad de castillos que he visitado, la mayoría en España, y disfrutando de las mejores joyas arquitectónicas, puedo decir que los castillos franceses, además de los españoles, me maravillan. Su conservación es extremadamente detallista y me demuestran  que su mirada va más allá de ver un puñado de piedras. Es cierto que todos los que visitamos son privados y la cantidad de la entrada ayuda a su mantenimiento.
Sobre el río Cher descansan los cimientos de tal hermosura. Se iza sobre las aguas el blancor de la piedra del castillo de Chenonceaux, también conocido como “el castillo de las Damas”. Belleza en todo su esplendor tanto en el interior como el exterior del castillo. Curioso fue cuando  en la inmensa cocina nos enseñaban la puerta que accedía al río y por donde se  realizaba el avituallamiento cotidiano en la vida de la realeza. Sus jardines, regados por históricas aguas, espectaculares, cuidados por las mejores manos y la máxima delicadeza, decorados con lozanas flores, llaman la atención del visitante. También lo hace la historia de los dos extensos jardines dedicados uno a la mujer y otro a la amante del rey Francisco I.

Si buscamos el adjetivo “maravilloso” en el diccionario, seguro que encontramos la foto del castillo de Chambord. Es pura magia para la vista. No me extraña nada que sea el emblema del renacimiento francés. Bosques a su alrededor añaden belleza a aquellos parajes. Pocas veces  he visto una escalera como la que decora su interior y da camino a la torre del  homenaje. Dispone de una característica particular que la hace única: una persona puede subir y otra bajar por la escalera sin cruzarse. Curioso, ¿verdad? Esta característica es la que da cierta veracidad al rumor que  atribuye su diseño a Leonardo da Vinci.



Decía anteriormente que pocas veces había disfrutado de escaleras con tanta belleza, y otra de esas, es la que decora el castillo de Blois. Dignifica al mejor de los arquitectos. Una escalera con forma poligonal, de caracol, mitad interior y mitad exterior que da luz a la fachada, rompiendo la monotonía. Esta fortaleza  tenía tal importancia que su patio era el lugar donde se administraba la justicia de la época. En este castillo se celebraron los Estados Generales. Se pueden disfrutar los reales ornamentos que habitan en el castillo para hacerse una idea del poder de los reyes franceses, que es lo que pretendían mostrar a todos los demás reinos europeos.


De paseo por las calles de Amboise, pudimos llegar con facilidad a su castillo, ya que sobresalía de entre los tejados de las casas. Precioso castillo, no diferente a los anteriores en cuanto a sus materiales y estructura, y quizás, no tan majestuoso como los descritos anteriormente. La particularidad que alberga a este castillo es que en la capilla del mismo está enterrado el gran Leonardo Da Vinci. Fue nombrado primer pintor, ingeniero y arquitecto del rey. Título que disfrutó hasta su muerte. Dispuso de una mansión cercana al castillo que se comunicaban  a través de un pasadizo subterráneo.

Para rematar nuestro viaje, acabamos nuestras vacaciones con el castillo de Rigny Ussé. Solo puedo describirlo como un precioso castillo de cuento.  De ahí que su propietario tenga las estancias, de la mitad del castillo que es visitable,  decoradas no con ornamentos dignos de la realeza sino con los personajes y escenas del cuento de la Bella Durmiente; que particularmente, restan singularidad. Podría sugerir al dueño que  los amantes de los castillos disfrutamos de castillos con decoración de castillo y no con maniquíes que reflejan secuencias de cuentos, pero es sólo una sugerencia.

Sólo puedo concluir exclamando que esta ruta me dejo maravillada, adoro el mundo de las fortalezas. Todavía me quedan muchas más por visitar, así que…
Au revoir

Yolanda de las Heras





MUJERES DE LA INDIA (CONTINUACIÓN)



7.-
   En la carretera hacia Jaipur los vehículos embarrancan en todos los peajes. Se acumulan en un mar de resignada paciencia.
Por entre los resquicios se deslizan, como inquietantes plantas marinas que negligentemente imponen su color, unas cuantas  mujeres todas y cada una con su bebé en los brazos, tan jóvenes algunas que parecen hermanas de la criatura, tan diestramente sostenida que no les impide mostrar su mercancía, la botellita de agua que la viajera desea incoherentemente tan fresca como sus  movimientos.
Solitaria, apartada, quizá consciente de no ser ya capaz de crear espejismos, una vieja ofrece bolígrafos larguísimos, con brillos de colores que se apagan ya dentro del vehículo entre las manos de la compradora.
8.-
   ¿Qué tienen en común la mujer joven que vende globos y chucherías a las puertas del cine de Jaipur; aquella otra de edad indescifrable a la que compramos guirnaldas de caléndulas elegidas minuciosamente, con la colaboración de su amable y paciente mirada, de entre el montón a sus pies en el mercado de las flores de Calcuta; las monjas de la Mother’s House que conservan entre sonrisas de algodón el  alma de Teresa; la adolescente en luna de miel en Agra, esposa por amor o superior designio, quién lo sabe, que dirige a su esposo esas miradas tiernas, dóciles y curiosas que a la viajera extraña no le dan la clave; la anciana de elegante shari que se hacía segundos antes un selfie con su numerosísima familia en los ensimismados jardines del Taj Mahal?
Todas ellas, y más, quieren hacerse una foto conmigo, con la viajera exótica, supongo.
Lo piden como quien hace un regalo.
¿Cómo negarse a confiarles un álito de la propia alma?
9.-
   Por los espacios del Fuerte Rojo desfilan hileras de escolares, de dos en dos, en un orden alegre. Parecen satisfechas en su uniforme granate y gris. Hablan poco y miran mucho, pero conversan entre sí. Ríen más que sonríen. Sus padres han optado  por su formación, por el conocimiento. Esa obediencia parece no pesarles.
Fuera, en el parquin, a la salida, vemos a otras niñas. Silenciosas. Solas. Rodeadas de sus familias, que las han maquillado y vestido de gala, y las exponen para que su esplendor recabe la limosna  del turista. Ellas ahora sonríen. ¿Qué venderán después?
10.-
   En Benarés, el hotel se defiende como una fortaleza de magnificencia, se esconde tras sus muros del ruido, de la pobreza, del maremágnum del tráfico, del comercio incesante, de las voces, de la vida de la gente en suma. Hasta el calor parece caer sobre el jardín en sordina, como los sonidos exteriores.
Este jardín incluye el lujo, para mí, fumadora, de una “smoking zone”, un área de cómodos  sillones, mesas y ceniceros, delimitada por sí misma.
Ya durante el primer cigarrillo del día, después del desayuno, la veo. Estamos solas. Ella va recogiendo las grandes hojas caídas de los árboles. Una por una. Con sus manos. Las recoge y las mete en un saco. Va vestida con shari y cada vez que se agacha sorprende, una y otra vez, que los innumerables pliegues de la ropa no dificulten sus movimientos.
Vuelvo a verla en diferentes días, a diferentes horas.
Continúa recogiendo las hojas con calma diligente y las hojas no cesan de caer por todo el extenso jardín con la misma calma y diligencia.
Armonía perfecta fuera del tiempo.
11.-
   En Delhi se construye, se reconstruye; a veces es difícil distinguir.
Hay en esas pequeñas obras siempre algunas mujeres, maduras, de movimientos pausados que oscilan entre el esfuerzo y lo reconfortante.
Desplazan ladrillos, con las manos, de uno en uno, de dos en dos. Ladrillos de un rojo denso como el tono de su piel, como su cuerpo, como sus gestos.
Se las ve moverse, desplazarlos en el  espacio como si quisieran poner en evidencia al invisible tiempo.
Y completamente entregadas a este están las otras, sentadas al borde de la obra. Cuando la actividad cesa, ellas siguen allí, vigilándolo.
12.-
  A la entrada de Agra hay un taller de dioses.
  Un taller de artesanos de la piedra.
  Fragmentos esparcidos
  ¡Hay tantísimos dioses, diosas en la India!
  Y los vemos crearse aquí  entre la penumbra.
  Una mujer mayor lava la piedra. 
  El agua  que tal vez les da la vida.
13.-
   Me llama la atención que la inmensa mayoría de las mujeres que se ven realizando un trabajo cualificado vista uniforme. Lo llevan las militares, las recepcionistas, las taquilleras de los museos, las camareras de restaurante, las limpiadoras y porteras de hotel.
Salvo, por supuesto, en el caso de las primeras, curiosamente se trata siempre de un uniforme de estilo occidental, un traje de chaqueta cuya gama de color oscila entre el azul medio y el negro, con camisa blanca y pajarita o corbatín. Se diría un uniforme trascendente. Como los de los militares, las iguala entre sí, las esconde, las desdibuja.
Casi como si con él se pretendiera disimular que quien realiza ese trabajo es una mujer.
14.-
   Como muchas sabréis, el rickshaw originariamente consistía en un carrito de dos ruedas que transportaba a una o dos personas, tirado por otra persona. En la actualidad, estos casi han sido completamente sustituidos por otros tirados por una bicicleta; evidentemente, hace falta también una persona que pedalee. Los hay a millares por las calles de las ciudades.
Pero este tiene algo de muy particular: quien pedalea en el tráfico es una mujer.
El tráfico aquí es un ente extraño dotado de vida propia. Como un dios que se respeta y al que hay que entregarse confiando en sus verdades aunque no las comprendamos, por pura fe.
Una barahúnda de personas, perros, motos, vacas, tuc-tucs, motos, coches, furgonetas, rickshaws, motos… intentando desplazarse, consiguiéndolo milagrosamente.
Está acabando de anochecer. Quizá sea este hoy su último viaje. No sabe cuántos ha hecho, pero sí que lleva diez horas trabajando.
Pedalea lenta o más rápidamente, se eleva sobre el sillín cuando el esfuerzo lo requiere, desmonta de un salto otras veces sin soltar el manillar y tira a pie del vehículo. Sus ropas nos ocultan el sudor que vemos sobre la piel de los otros conductores, y sus piernas, que por fuerza han de ser como las de los otros, delgadas y de largos músculos potentísimos. Lo que nada puede ocultar es el esfuerzo, la fatigosa respiración, el padecimiento.
Cuando acabe este viaje, irá a guardar el rickshaw  en el  viejo caravanserail escondido entre el laberinto de las calles estrechas. Allí la espera ya, seguro, el dueño del rickshaw para cobrar su parte. Luego comerá algo comprado a  cualquiera de quienes venden en la calle y se tumbará bajo  el rickshaw para dormir un sueño que la poseerá mientras aún le llegan ecos del tráfico exterior, paulatinamente amortiguados. Ciertamente aún no ha podido constatar si en algún momento de la noche llegan a extinguirse.
15.-
   Vestir aquí de negro es un castigo. Se les niega quizá la única cosa que las mujeres controlan en la India: los colores de su atuendo. Sea cual sea su grado de adorno, se construyen con ellos una identidad, una visibilidad.
Las musulmanas barren las calles, las carreteras, van formando  montoncitos de basura que allí se quedan.
En esos montoncitos confluye el abandono, el de las mujeres de la religión menospreciada y el de las vacas sagradas.
Las sagradas vacas no saben de religión. Rebuscan en ellos, de ellos se alimentan.
De las basuras amontonadas por estas mujeres musulmanas cuya vestimenta negra duplica la paradoja: las hace contrastar con las demás mujeres mientras les impone una identidad, una visibilidad que al mismo tiempo las diluye.
16.-
   La anciana detiene por casualidad sus pasos renqueantes ante la puerta de la joyería. Cuenta las monedas en su mano y en su monedero, repetidamente. Sigue luego su camino cargada con la bolsa de los víveres.
Las golosas joyerías donde los turistas se jactan de comprar liebre por gato.
En Jaipur, entre sus muros color de rosa marchita, pasos marchitos, joyas marchitas.

Mercedes Gascón Bernal


CARAS SIN VELO

  Voy por ahí tropezando con caras. Soñando con caras, avanzando entre caras. Caras como aleteos o arrebatos feroces. Caras que se cierran e...