PIRÁMIDES BOSNIAS

FOTOS PROPIAS


A veces la vida está hecha de fragmentos de ilusiones, de coincidencias, de sorpresas… y una se deja llevar de pulsiones que se desconoce de dónde llegan, como siguiendo un argumento que nadie sabe cuándo, dónde, ni quien escribió…
Así fue esta aventura: Pirámides en Bosnia.
Hace unos meses atrás vi un video sobre ellas, me intrigó y se me ocurrió visitarlas, mi hijo no sólo aceptó acompañarme, hizo los arreglos para alquilar un departamento, buscó un guía en inglés y se prestó manejar casi 12 hs.
Dos días antes de partir, una amiga de Barcelona se unió a la aventura, fue algo muy extraño porque a esta amiga  le produce pánico viajar en aviones y tiene claustrofobia -peor que la mía- pero, quien sabe por qué mandato del destino, estuvo en Venecia el día antes de partir. Lo cual implica que compro el ticket, su ropa térmica y armó la valija en un día. Y llegó, temblando sí, pero allí estaba.
Al día siguiente nos despertamos a las 6 de la mañana y cargamos el auto. Max condujo por 12 horas, parando para almorzar, cargar gasolina, ir al baño…
Llegamos para cenar y dormir pues a las 8 nos embarcaríamos en la excursión hacia las pirámides que, aún, no están oficialmente reconocidas.
Hay mucha información en Google, YouTube, etc., y no necesito poner más aquí. Muchos dicen que es una locura y otros que hay pruebas como paredes, monolitos, etc., que no son naturales y sugieren, dada la edad de éstas, deben haber sido construidas por extraterrestres o una civilización más adelantada que la nuestra.
Mi experiencia: Hay una montaña que aparenta la forma de pirámide y sobre ella, una ruina de lo que pudo ser un fuerte. Quedan unas piedras que debieron ser subidas con mucho esfuerzo o con técnicas desconocidas. Solamente Max y la guía llegaron a la cima pues era empinada y resbaladiza.
Nosotras volvimos contemplando otras montañas, valles, los colores del otoño… y algo más que tiene forma de pirámide, supuestamente de la Luna, estábamos en la del Sol.

 


Hay un túnel que conduce hacia la pirámide que fue rellenado como para ocultarlo y es al que hoy se puede acceder.
Dentro de ese túnel hay algunas rarezas dignas de mención: aire como si estuviéramos en el exterior,  piedras que forman muros y no son naturales, orbes, ausencia de claustrofobia y animales, bastante humedad, energía que se siente más en algunos lugares que otros, monolitos (uno de ellos como una cápsula sellada de manera artificial, que está sobre dos corrientes acuáticas subterráneas, lo cual genera energía).
No es mucho, pero es bastante. Entonces… ya fuimos pioneros de este descubrimiento: ¿real? ¿timo? El tiempo lo dirá.


SENTIDO DEL HUMOR QUE NO FALTE

Lo siguiente fue una caminata por la ciudad, primero la bellísima biblioteca de Sarajevo que fue incendiada y destruida por la artillería serbia en la guerra de Bosnia-Herzegovina: 1992 y 1996, ahora reconstruida. 
Luego, paseo por unas callecitas comerciales con casas de comidas muy tradicionales donde almorzamos, compramos unos regalitos y seguimos…
La ciudad aún no ha curado las heridas de esos casi 5 años bélicos que sufrieron injusta y, según algunas las voces que escuché: innecesariamente, las paredes muestran agujeros de balas, hay cementerios que ocuparon lo que eran parques infantiles ante la urgencia de enterrar tantos cadáveres en poco tiempo.
Los paisajes son maravillosos; los quesos, la comida, las telas, los suvenires, el río… todo es bello y lo mejor es su gente: amable cordial, suave, sonriente.
Y volvimos… pulmones llenos, corazón henchido, piernas cansadas y una sensación de misión -desconocida- cumplida.
Antes de salir de Bosnia nos paramos para un apetitoso almuerzo, sentados frente al fuego y sonriendo por nuestra locura, casi una epopeya. Y encontré la ventana inspiradora.
Al día siguiente, cuando despertamos en casa de mi hijo nos pareció extraño no sentir dolores ni molestias lógicas después de un viaje tan prolongado en auto, subida a la montaña-pirámide, caminata, vuelta por auto… Por el contrario: estábamos con energía y alegres.
Juzguen ustedes… yo miro por las ventanas de Bosnia y siento un bienestar diferente e inexplicable.


Mónica Ivulich











LA CASA DONDE NACÍ. EN PUENTE GENIL, PROVINCIA DE CÓRDOBA.

FOTO PROPIA

Viajar siempre es una búsqueda, una incógnita; la expectativa de lo desconocido,  la curiosidad por lo soñado.  Viajar al lugar donde se nace tiene más de indagación interior, del intento quimérico por recobrar las primeras luces que la retina captó. Me acompañaba la sensación, ciertamente absurda, de que volvía a por alguna cosa olvidada, algo inmaterial, insostenible, quizás un recuerdo afianzado en un hipotético sexto sentido. Por ínfima que fuese, intenté escarbar en la memoria, hacerme con un hilo del que tirar a través de los recuerdos de otros. Caminar por las calles que mis padres y abuelos pisaron, andar sobre las piedras de la zona antigua, y subirme a los pasos que ellos anduvieron: eso hice. Al pasar por las casas que habían pertenecido a familiares, especialmente la de mis padres, conjeturé sobre las múltiples capas de pintura de sus fachadas. Quietas, casi intactas, piel de cebolla y lágrima, o antojo de respirar el gas azufre de la hortaliza. Llegué a la casa donde nací; vieja, alicatada en su parte inferior por distintos azulejos, y pintada de un blanco rancio, veterano de sol y sombra. La miré desde varios ángulos. Las zonas que algún día fueron blancas de cal se abrían en oquedades, dejando al descubierto la angustia de la decrepitud. Heridas sin guerra y quebrantos que la vida infringe al olvido, entre el desinterés o el infortunio familiar de sus hoy propietarios. Por un momento la imaginé nueva, recién pintada, y con el brillo de la luz solar sobre su estructura joven. Frente a la puerta, de un color marrón casi amarillento, me pareció oír pasos sin embargo de fantasma. Escuché una gota y otra gota repitiéndose en un depósito vacío, hasta que el rumor de los olivos que bajaba por la cuesta distrajeron mi atención. Dividida en dos hojas estrechas y con una simple cerradura, accionar la bocallave para abrirla de par en par hubiera sido un viaje al pasado, o eso quise imaginar. La madera, que algún día fue noble, a duras penas conservaba sus relieves decorativos. El adorno esculpido, cubierto de polvo y grietas, delataba que nadie veló por sus cuidados desde hacía muchos años. Excesiva espera y demasiados resquicios de abandono. La falta de gran parte del travesaño inferior dejaba claro que, en días de lluvia el agua entraba al interior de la casa sin dificultad alguna. Y como muestra, en la unión de ella con el marco, allí donde la humedad encontraba cobijo, florecía un humilde trébol ajeno a la suerte o a la desdicha. El único testigo de mi ronda por la esquina de una humilde casa de pueblo, fue un gato que me observaba a cierta distancia. En ocasiones, mi madre me habló sobre un gato naranja llamado Reverte. Ella lloró muchísimo cuando lo encontraron muerto en la casa. Aquel que agudizaba sus sentidos en la subida de la calle era del mismo pelaje y, dicha coincidencia me llamó la atención. No sé si con siete vidas, se convirtió en el personaje redondo de una leyenda que él, mejor que nadie conocería: la leyenda de la casa donde nací. Sin timbre, ni tan siquiera picaporte para llamar,  golpeé la puerta varias veces con la palma de la mano. —El felino desapareció ante el leve estruendo—. Reconozco que hubiera deseado que me recibiese una mujer morena, nerviosa y alegre, porque su hija estaba de parto. Pero no era el año 1962, ni tampoco veinticuatro de julio, aunque aseguro que me oí llorar y que una algarabía asomó por las ventanas tan tristes.

Amanda Gamero



FOTO PROPIA



EGIPTO "LOS OJOS DE LIZ TAYLOR"


TEBAS

TEMPLO DE EDFU

¿Qué habrá sido de ti?, me pregunto mientras observo con dolorosa añoranza la última fotografía, en Edfu. ¿Dónde está aquel niño de Karnak, el de piel morena como un nubio y los ojos de color verde esmeralda?
Los últimos rayos de sol iluminaban las piedras del templo de Karnak, y la antigua Tebas lucía en todo su esplendor. La Avenida de las Esfinges apareció ante nosotros con su árida desnudez monumental. Formábamos parte del grupo de turistas que pasaban junto a las estatuas casi de puntillas, con un estremecimiento pagano. Las  estatuas decapitadas y majestuosas parecían esperar desde siglos nuestra llegada, mientras recogían el fuego del crepúsculo como fraguas donde se funde el acero. Y entonces, acompañando nuestro inicial titubeo de multitud algo perdida, la explanada se llenó del bullicio de la gente de Alejandría que estaba de vacaciones, celebrando la fiesta del cordero.
El niño de los ojos de color verde esmeralda llegó jadeando de impaciencia por alcanzarnos; despuntaba maneras principescas: labios entreabiertos y cordiales, el cuello esbelto y oscuro, adelantado, la voz desafinada de los adolescentes. Abriéndose paso como un elegido. Enseguida nos enseñó cada una de las minucias que formaban en su regazo una torre fluctuante parecida a la rama de un árbol a punto de quebrarse por el peso. Extendió en el suelo toda su mercancía, y puesto que nos habíamos parado, interesados en ella, nos observaba con expectación, pero también con exigencia. Probablemente deseaba acabar pronto, alejarse de la palidez mortal de los extranjeros y abandonarse al lujo de la tarde exuberante que traía la alegría del juego y la aventura. Recuerdo que parecía defenderse de algo cuando pasó la mano por el lomo del buey Apis, totémico y avejentado por varias capas de pintura. 
Su caricia estaba llena de superstición y cariño, de tal modo sostenía a aquella criatura raquítica, encogida desde su descenso de los cielos de Osiris. Otra de sus bazas era el faraón Tuthankamon, cuya maldición alimentaba la literatura desde la época de la profanación. El último de los tesoros puestos en venta era un escriba de granito que tenía una muesca en  la mano derecha.
Nos agachamos, como era preceptivo y, una vez que estuvimos frente a él, quedamos fascinados por tanta belleza cubierta de harapos. Y sobre todo por sus ojos, un imán para los ávidos de novedades y fuerzas telúricas.
Es la lucha tenaz contra el tedio la que convierte al turista en especie devoradora. Lo más inmediato, lo que tiene al alcance de su boca, es tiempo. Decide madrugar, pero madrugar no es suficiente; aunque sea un buen pretexto, en realidad no se va en busca del día, sino de un sueño o una quimera que tiene las horas contadas.

                                                                                                                           ...continuará.
Maribel Montero

PARTIR HACIA BARCELONA


Partir mañana hacia Barcelona es lo que hay en mi ventana de hoy. Una ciudad que logró atraparme como ninguna otra, con su belleza, su energía, su amistad y su amor. 

Muchas veces pensé en ir a Barcelona antes de la primera vez. Mágicamente, una vez que llegué me pareció que había estado allí muchas veces, reconocí calles, edificios -de Gaudí y otros- negocios. Casi lo mismo que me pasó en París la primera vez, mucho antes.
Me gusta pasear por sus calles, lentamente, deteniéndome en sus vidrieras, ventanas, sus cielos, colores y arquitecturas. He conocido amigas y he entablado relaciones muy valiosas.
Su parte cultural, su gente linda, su Mediterráneo, sus flores, sus restaurantes, todo me invita a volver.
Esta vez me esperan reuniones, teatro, presentación literaria y sorpresas ¡como siempre! Lo pasaré en grande, desde ahora me inunda la ilusión.
¡SI! Allá voy... Recogiendo trozos de vida en ciudades diferentes, con amores diferentes. Ya llego Barcelona... a caer en tus brazos ¡otra vez!

Mónica Ivulich


INDIA – VISITANDO TAJ MAHAL

FOTO PROPIA

Un noveno viaje a India, esta vez de silencio y de mucha meditación. Para dar broche de oro a mi viaje, visito el edificio más mentado en India.
El Taj Mahal es un edificio fastuoso y simple a la vez... bello como ninguno, es en realidad un templo o monumento al amor... creo que es lo más parecido a la perfección arquitectónica que he visto... El mármol parece bordado por ángeles. Creo que casi todos saben que está dedicado a la esposa de un rey quien lo hizo construir luego que ella muriera.
Fabricado enteramente en mármol. Desde el interior, si uno está desde el amanecer hasta el atardecer, se ve que la luz se filtra dando diferente luminosidad al recinto. A la mañana es dorado, al mediodía blanco y a al atardecer naranja.
Me entretuve en los alrededores mirando los ríos en los alrededores, las montañas a lo lejos, el cielo con sus pájaros y las flores, la gente que vive cerca. Está ubicado en un cerro y se puede ver bastante a lo lejos, al frente: el fuerte de Agra -donde vivió y murió su dueño- es un testigo impasible de la belleza, romanticismo y tragedia del lugar...


Me cansé y necesitaba sentarme un poco, aunque supuse -mientras caminaba hacia la salida- que no iba a encontrar un asiento en los alrededores, pero, sorpresivamente, lo hallé, había un único banco a la vera del camino y, para mi maravilla: bajo un árbol que le daba sombra... ahí nomás, como esperándome.
Tenía unos minutos antes del que el bus me dejara, me sentaría brevemente a descansar y a respirar el aire tibio.
En ese momento noté que había una pareja de dos extranjeros en el asiento, leyendo, eran rubios, como americanos o ingleses. Mientras me sentaba, ella levantó la cabeza del libro y me dijo: -"you look so nite and fresh." (Luce fresca y límpida)
Entendí que se refería a mi atuendo blanco, dije: -Thanks- y, normalmente, ahí hubiera terminado mi conversación, sobre todo por mi cansancio, mi apatía natural y el apuro por el horario del bus. Pero, por una vez, me surgió la Mónica simpática y pregunté de dónde venían: Where are you from?
Dijo : -"We live in Malaysia but originally from Peru."
Yo: -Oh! Perú... hablemos español entonces, soy de Argentina
Ella: - ¿Argentina?... (el esposo miró, sonrió y se concentró nuevamente en su libro) _ Nosotros vivimos 10 años en Argentina y mis 3 hijos son de ahí... (Pausa, dije algo y siguió) - Tengo 2 varones y 1 mujer, locos por el dulce de leche, pero, cada uno vive en un país diferente...-suspiró.
Yo: (sorprendida y divertida)- como los míos, yo también... 2 varones y 1 mujer y, también, dispersos...
Ella: -"Así pasa... solo que mi hijo murió a los 27 años..."


Casi me caigo de la sorpresa. Dije: - “la misma edad que tenía Alex al fallecer, hace dos meses- el esposo me miró brevemente- y también murió lejos de casa, también sorpresivamente. - y seguimos hablando en esa tónica llena de coincidencias.
Se me hacía tarde cuando me contaba que la hija se estaba por casar y quería un hijo (igual que la mía), me despedí con premura y ella, a modo de despedida, me manifestó: -"ahora tenemos que ver las generaciones futuras, ¿verdad?"
Asentí y me despedí entre apurada y un poco confundida. El esposo levantó la vista y, creo que por primera vez, me miró con una sonrisa muy dulce. No nos dijimos los nombres ni nada…
Corrí hacia la parada del autobús sonriéndoles y haciendo gesto con la mano. Después de unos metros me volví y ya no los vi, no estaban en el banco y creo que tampoco estaba el banco que, mágicamente, encontré allí.
Hay quien me sugirió que eran ángeles. No sé quiénes eran, pero me reconfortaron mucho. Hacía tan poco de la muerte de mi hijo Alex y no había hablado con nadie de lo sucedido, por raro que parezca, supuse que ella sabía todo.
Hasta ahora –muchos años después- los recuerdo.
Y aún tengo presente el mensaje... "ahora tenemos que ver las generaciones futuras" es algo que debo descifrar en algún momento.
Como en la película, 'Lo que el viento se llevó...': Lo pensaré luego, mañana será otro día.
Lo cierto es que Taj Majal es un lugar único y la belleza es de una finura que deja sin aliento, allí lo mágico y lo real, el amor y la muerte… se dan la mano.


Los viajes son menos sabrosos si no hay algo fantástico, algo para develar, pues no viajan solamente los cuerpos, nuestras almas también se alimentan, se asombran y alimentan en diferentes lugares. En los viajes nos reencontramos y sanamos partes de nuestro ser.
Volviendo a casa nos llevamos en nuestro equipaje mucho más de lo que trajimos y de lo que podamos comprar.

Mónica Ivulich

Tingis la bella






Lo mágico de Marruecos es que, cuando lo pisas por primera vez, o lo detestas o lo adoras, sin punto medio. Si lo detestas, eso ya no tiene vuelta de página. Si lo adoras, tampoco. Enamorarse del país vecino comporta un diagnóstico irreversible y sin cura. Se te mete por los poros de la piel y te contamina la sangre, creándote adicción. Quieres volver a ir, una y otra vez. Deseas adoptar sus costumbres, te dejas seducir por algunas de sus rarezas, a la par que te repelen otras. Te vas impregnando de su aroma, de su esencia, hasta que abandonas el vano intento de comprender sus contradicciones, y decides aceptarlo tal y como es.






A mí Marruecos me viene persiguiendo desde siempre. Mi primer marido, que era español, nació en Tánger. Su familia se había instalado en tierras marroquíes en tiempos remotos, cuando aún existía lo que llamábamos Protectorado Español, y permaneció allí durante varias generaciones. Mi primera suegra me enseñó a preparar cuscús y té a la hierbabuena, entre otras delicias culinarias, sin que yo pudiera sospechar, ni de lejos, que mi segunda suegra sería marroquí de verdad, autóctona, y de la misma zona geográfica que la primera.

De Marruecos conozco Tánger, Asilah, Larache, Tetuán, Fez, Rabat, Casablanca, Meknes, Marrakech, Ifrane, Erfoud y Ouarzazate. La ciudad en la que he estado más veces, por motivos personales, es Tánger. Se da la circunstancia de que Tánger no me gustó nada, la primera vez que la visité. Pero, a medida que la voy conociendo, me conquista cada día un poquito más.






Cuenta la leyenda grecorromana que Tingé era la esposa del gigante Anteo. La mitología bereber adaptó la historia, según la cual, Tánger fue construida por Sufax, hijo de Tingis y del héroe bereber Anteo. Lo que a mí me despierta mayor curiosidad, sin embargo, es su historia más reciente. Su ubicación geográfica llegó a hacer de ella el centro de la diplomacia europea y de la actividad comercial marroquí. A principios del siglo XX, Tánger se convierte en una especie de enorme pastel que países como Bélgica, España, Francia y Estados Unidos, entre otros, se reparten en porciones. Es lo que llaman la Zona Internacional de Tánger. Pero bueno, no transformaré este escrito en un aburrido texto histórico. Lo que me interesa describir es lo que he visto con mis propios ojos y, sobre todo, lo que he sentido.





Pasear por Tánger es como abrir la caja de Pandora, nunca sabes con qué sorpresas te vas a encontrar. El ruido, el deambular del gentío, el tráfico ininterrumpido... La actividad de la ciudad es frenética a cualquier hora, de día y de noche. Es algo que contrasta con la parsimonia típica —y tópica— del talante marroquí. Si echas un vistazo general, tienes la sensación de estar en cualquier urbe europea, donde el apresuramiento es el protagonista. Aunque una observación más minuciosa nos hace descubrir que la pura esencia de Marruecos está ahí, agazapada. Lo ruidoso es el tráfico. El estrés es el sello del conductor marroquí. Pero cuando te sientas en la terraza de un Café a saborear un humeante té a la hierbabuena, mientras conversas con algún lugareño, recuerdas, justo entonces, dónde estás. En ese bendito instante se detiene el tiempo. Y recuperas el contacto con esa vieja teoría: La prisa mata.







Mi deambular por las calles tangerinas me lleva a descubrir el Teatro Cervantes. Me apena verlo en ese estado de abandono, pidiendo a gritos una restauración. Inaugurado en el año 1913, atrajo desde el principio a grandes artistas de la época. En él se representaron obras como Othelo, de Shakespeare, o Saladin, de Nagib Hadded. Y por sus escenarios pasaron celebridades de la talla de Imperio Argentina, Carmen Sevilla, María  Caballé o Lola Flores.





Tánger es considerada una ciudad multicultural en la que conviven comunidades musulmanas, cristianas y judías. A lo largo de la historia ha atraído la atención de artistas como Tennessee Williams, Paul Bowles, Francis Bacon o los componentes del grupo Rolling Stones, entre otros. Y ha conocido el éxito de la mano de personajes como Mohammed Chukri autor de El pan a secas—, que si bien nació en Beni Chiker, el Rif, su familia se trasladó a Tánger cuando él tenía diez años, y es considerado uno de los escritores más leídos y controvertidos del norte de África. Entre los residentes más célebres que ha tenido la bella Tánger, cabría destacar al escritor José Luís Sampedro. Y entre las personalidades nativas de Tánger podríamos mencionar a Ibn Battuta, Sholomo Ben Ami, Ramón Buenaventura, Bibiana Fernández, Elena Benarroch, y un largo etcétera.






Sin embargo, y como ya he comentado en otras ocasiones, a mí se me conquista por el estómago. Por lo tanto, no podría terminar este artículo sin mencionar qué exquisiteces hacen feliz a mi paladar cuando voy a Tánger. No son grandes manjares, saboreados en restaurantes de cinco tenedores. No. Son pequeños placeres  tan sencillos como desayunar un delicioso café con leche bien caliente, en su punto, espumoso, acompañado por dos o tres petit pain en la terraza del Café Panorama, con vistas al mar. Disfrutarlo despacio, contemplando el panorama —nunca mejor dicho— que ofrece el Paseo Marítimo y la playa Malabata. 







Al mediodía, lo mejor es elegir un establecimiento especializado en pescado y marisco, porque más fresco no lo encontrarás en ninguna parte. Los precios son muy asequibles. Si pides fritura de pescado, te servirán una fuente tan grande y variada que no podrás terminártela, muy a tu pesar. Sabroso, auténtico. Para merendar regresaría, sin dudarlo, al Café Panorama, y pediría té a la hierbabuena acompañado por una crep de amlou, algo que me hizo relamer de gusto el día que lo descubrí. El amlou es una mezcla de aceite de argán, miel y frutos secos troceados —en diminutas partículas, pero no molidos— que logrará que os reconciliéis con la vida, sea cual sea vuestro dilema o inquietud. ¡Os lo recomiendo! 










A la hora de cenar, yo optaría por un simple bocadillo. Y es que los bocadillos marroquíes no son en absoluto simples. Hay muchísimos establecimientos en los que los preparan, pueden ser de pollo, atún o tortilla, por ejemplo, pero ten por seguro que además de eso, también llevarán tomate, lechuga, cebolla, zanahoria rallada, pepinillos, aceitunas y patatas fritas —sí, sí, dentro del pan, no de acompañamiento—, todo ello aderezado con la salsa que tú escojas. Si alguno de esos ingredientes no es de tu agrado tendrás que avisar antes de que te lo preparen, si no todo irá dentro. ¡Son tan baratos! Y están buenísimos. Después, un tranquilo paseo junto al mar, tal vez otro ardiente y dulce té a la hierbabuena y…
La vida te parecerá sencillamente maravillosa.



Mar Montilla




















VIAJANDO POR VENETTO




Cuando era joven, si me daban a leer un libro cuyo autor era contrario a mi forma de ver, sencillamente lo apartaba y no lo leía. No he cambiado mucho, pero al menos, hojeo algunas páginas y me preocupo por saber algo más.
Hace unos días, viajando por Venetto, una amiga italiana me invitó a conocer la casa de Gabriele D’Annunzio, uno de mis autores relegados, ya que inspiró la doctrina fascista en su país, ayudó a escribir la Constitución… etc. Pese a mi resistencia cedí a la reiterada propuesta de mi amiga y fuimos.
Por fuera la casa es un claro anuncio de la moda que antecedió al estilo Decó y no llama la atención, no es atractiva, los jardines -en cambio- son más llamativos, con un caballo azul inmenso y disposición para sentarse y admirar el lago.


La sorpresa viene al entrar. Cada cuarto está atestado de diferentes objetos donde se ve su admiración por el Dante, Cervantes, otros que están en cuadros, estatuas, leyendas en el techo, etc.Hay 33.000 libros en la casa-museo.
Tuvo varias mujeres y un gran amor: Eleonora Duce. Cuando trabajaba debía cubrir su estatua para poder concentrarse. Era ecléctico, su sala de recogimiento tenía cantidad de santos católicos como Buda y otras deidades orientales. En la pared se lee que hay 5 pecados (desechó como pecados a la lujuria y la avaricia).
Quería trascender, no solo en la literatura sino en su vida particular, por lo que fundó una ONG a la que cedió su casa con todos los objetos. Planeó dos cuartos donde se lo honraría al morir, dos capillas ardientes, una para la familia y otra para el público que viniera a hacerle los honores.


A los 51 años demostró su temeridad en la Primer Guerra Mundial: Fue piloto de guerra voluntario y perdió la visión de un ojo en un accidente aéreo. El 9 de agosto de 1918, siendo comandante, organizó una de las mayores hazañas de la contienda: nueve aviones realizaron un viaje hasta Viena para lanzar panfletos propagandísticos, anunciaban el fin de la guerra. La guerra hizo que sus ideas nacionalistas se hicieran más fuertes, precursor de los ideales y las técnicas del fascismo italiano.

Fue poeta, publicado a los 16 años, comerciante, militar, político, escribió varias novelas (entre ellas: El inocente, que L. Visconti llevó al cine, El placer (1889) -exaltación del dandismo decadente y con análisis psicológicos al estilo de Stendhal y Bourget. Libro enfermizo, enervante, dañino y, también, bellísimo., El triunfo de la muerte (1894).
Las vírgenes de las rocas (1896) (“Es el más nítido y pulcro entre todos los de D'Annunzio, casi indemne de las obscenidades y blasfemias habituales, que son aquí y allá sus únicas fallas de gusto. Libro aéreo y fiero, severo y musical, dulce y nostálgico, noble y esbelto, lleno del encanto de lo fugaz y caduco, que hace meditar, añorar y suspirar.” Dice José de la Riva- Agüero)


También escribió el guion de la película Cabiri, fue considerado un símbolo del Decadentismo, sus escritos tienen poder y originalidad.
Por mi parte, puedo perdonarle sus amoríos, sus excentricidades, su morbidez, etc. Porque siempre separo al artista del hombre o de la mujer, pero su parte política fue más que una tendencia o ideología y me siento traicionándome al tratar de leerlo más allá de una ojeada.
Creo que mucha gente lo ve así, soy poco original, y es por lo que no es considerado entre los grandes literatos por bastantes lectores.
Pero volvamos a su casa, la arquitectura como parte de la cultura y de la personalidad de quien la proyecta, decora y vive en ella, tiene mucho que decirnos.
Por empezar: la gran casa-museo, El Vittoriale, que D’Annunzio mandó construir en los años veinte en la orilla del lago de Garda, en el pueblo de Gardone Riviera con intención de celebrar lo que D’Annunzio consideraba su “vida inimitable” y -justamente- la donó para ser recordado por todas las generaciones venideras. De hecho, las casi 200.000 personas que visitan su casa, lo recordarán por una cosa u otra.
La poca luz (excepto en su oficina, lugar de trabajo) nos dice que la penumbra lo ayudaba a inspirarse, que -dado su accidente y pérdida parcial de la visión en un ojo- debía sufrir de fotofobia y -tal vez- tenía momentos de depresión donde se ocultaba del mundo y de sí mismo.


Cada habitación tiene un nombre rimbombante (“de la música”, “del mapamundi”) hay un cuarto con una mano sobre la puerta y el techo con alusiones a Cervantes (el manco de Lepanto) era donde leía cartas recibidas, tantas, que decidió hacerse pasar por manco (¡!) para evitar contestarlas.
El baño “azul” es otro muestrario de objetos de todo tipo.
El comedor o La Sala de Cheli, llamado así por una tortuga, que murió en los jardines del Vittoriale de indigestión, y que se transformó en una tortuga de bronce como adorno sobre la mesa y en un símbolo de moderación y advertencia a la gula de los comensales. Casi nunca se lo vio cenando con los invitados, tal vez por coquetería ya que sus dientes se arruinaron por la edad.
El teatro al aire libre sobre el hermoso fondo azul del lago para 1500 personas que, en verano, asisten a eventos teatrales y musicales.
En síntesis: un personaje curioso de la cultura italiana y universal.

Mónica Ivulich











PIRÁMIDES BOSNIAS

FOTOS PROPIAS A veces la vida está hecha de fragmentos de ilusiones, de coincidencias, de sorpresas… y una se deja llevar de pulsion...