INDIA – VISITANDO TAJ MAHAL

FOTO PROPIA

Un noveno viaje a India, esta vez de silencio y de mucha meditación. Para dar broche de oro a mi viaje, visito el edificio más mentado en India.
El Taj Mahal es un edificio fastuoso y simple a la vez... bello como ninguno, es en realidad un templo o monumento al amor... creo que es lo más parecido a la perfección arquitectónica que he visto... El mármol parece bordado por ángeles. Creo que casi todos saben que está dedicado a la esposa de un rey quien lo hizo construir luego que ella muriera.
Fabricado enteramente en mármol. Desde el interior, si uno está desde el amanecer hasta el atardecer, se ve que la luz se filtra dando diferente luminosidad al recinto. A la mañana es dorado, al mediodía blanco y a al atardecer naranja.
Me entretuve en los alrededores mirando los ríos en los alrededores, las montañas a lo lejos, el cielo con sus pájaros y las flores, la gente que vive cerca. Está ubicado en un cerro y se puede ver bastante a lo lejos, al frente: el fuerte de Agra -donde vivió y murió su dueño- es un testigo impasible de la belleza, romanticismo y tragedia del lugar...


Me cansé y necesitaba sentarme un poco, aunque supuse -mientras caminaba hacia la salida- que no iba a encontrar un asiento en los alrededores, pero, sorpresivamente, lo hallé, había un único banco a la vera del camino y, para mi maravilla: bajo un árbol que le daba sombra... ahí nomás, como esperándome.
Tenía unos minutos antes del que el bus me dejara, me sentaría brevemente a descansar y a respirar el aire tibio.
En ese momento noté que había una pareja de dos extranjeros en el asiento, leyendo, eran rubios, como americanos o ingleses. Mientras me sentaba, ella levantó la cabeza del libro y me dijo: -"you look so nite and fresh." (Luce fresca y límpida)
Entendí que se refería a mi atuendo blanco, dije: -Thanks- y, normalmente, ahí hubiera terminado mi conversación, sobre todo por mi cansancio, mi apatía natural y el apuro por el horario del bus. Pero, por una vez, me surgió la Mónica simpática y pregunté de dónde venían: Where are you from?
Dijo : -"We live in Malaysia but originally from Peru."
Yo: -Oh! Perú... hablemos español entonces, soy de Argentina
Ella: - ¿Argentina?... (el esposo miró, sonrió y se concentró nuevamente en su libro) _ Nosotros vivimos 10 años en Argentina y mis 3 hijos son de ahí... (Pausa, dije algo y siguió) - Tengo 2 varones y 1 mujer, locos por el dulce de leche, pero, cada uno vive en un país diferente...-suspiró.
Yo: (sorprendida y divertida)- como los míos, yo también... 2 varones y 1 mujer y, también, dispersos...
Ella: -"Así pasa... solo que mi hijo murió a los 27 años..."


Casi me caigo de la sorpresa. Dije: - “la misma edad que tenía Alex al fallecer, hace dos meses- el esposo me miró brevemente- y también murió lejos de casa, también sorpresivamente. - y seguimos hablando en esa tónica llena de coincidencias.
Se me hacía tarde cuando me contaba que la hija se estaba por casar y quería un hijo (igual que la mía), me despedí con premura y ella, a modo de despedida, me manifestó: -"ahora tenemos que ver las generaciones futuras, ¿verdad?"
Asentí y me despedí entre apurada y un poco confundida. El esposo levantó la vista y, creo que por primera vez, me miró con una sonrisa muy dulce. No nos dijimos los nombres ni nada…
Corrí hacia la parada del autobús sonriéndoles y haciendo gesto con la mano. Después de unos metros me volví y ya no los vi, no estaban en el banco y creo que tampoco estaba el banco que, mágicamente, encontré allí.
Hay quien me sugirió que eran ángeles. No sé quiénes eran, pero me reconfortaron mucho. Hacía tan poco de la muerte de mi hijo Alex y no había hablado con nadie de lo sucedido, por raro que parezca, supuse que ella sabía todo.
Hasta ahora –muchos años después- los recuerdo.
Y aún tengo presente el mensaje... "ahora tenemos que ver las generaciones futuras" es algo que debo descifrar en algún momento.
Como en la película, 'Lo que el viento se llevó...': Lo pensaré luego, mañana será otro día.
Lo cierto es que Taj Majal es un lugar único y la belleza es de una finura que deja sin aliento, allí lo mágico y lo real, el amor y la muerte… se dan la mano.


Los viajes son menos sabrosos si no hay algo fantástico, algo para develar, pues no viajan solamente los cuerpos, nuestras almas también se alimentan, se asombran y alimentan en diferentes lugares. En los viajes nos reencontramos y sanamos partes de nuestro ser.
Volviendo a casa nos llevamos en nuestro equipaje mucho más de lo que trajimos y de lo que podamos comprar.

Mónica Ivulich

Tingis la bella






Lo mágico de Marruecos es que, cuando lo pisas por primera vez, o lo detestas o lo adoras, sin punto medio. Si lo detestas, eso ya no tiene vuelta de página. Si lo adoras, tampoco. Enamorarse del país vecino comporta un diagnóstico irreversible y sin cura. Se te mete por los poros de la piel y te contamina la sangre, creándote adicción. Quieres volver a ir, una y otra vez. Deseas adoptar sus costumbres, te dejas seducir por algunas de sus rarezas, a la par que te repelen otras. Te vas impregnando de su aroma, de su esencia, hasta que abandonas el vano intento de comprender sus contradicciones, y decides aceptarlo tal y como es.






A mí Marruecos me viene persiguiendo desde siempre. Mi primer marido, que era español, nació en Tánger. Su familia se había instalado en tierras marroquíes en tiempos remotos, cuando aún existía lo que llamábamos Protectorado Español, y permaneció allí durante varias generaciones. Mi primera suegra me enseñó a preparar cuscús y té a la hierbabuena, entre otras delicias culinarias, sin que yo pudiera sospechar, ni de lejos, que mi segunda suegra sería marroquí de verdad, autóctona, y de la misma zona geográfica que la primera.

De Marruecos conozco Tánger, Asilah, Larache, Tetuán, Fez, Rabat, Casablanca, Meknes, Marrakech, Ifrane, Erfoud y Ouarzazate. La ciudad en la que he estado más veces, por motivos personales, es Tánger. Se da la circunstancia de que Tánger no me gustó nada, la primera vez que la visité. Pero, a medida que la voy conociendo, me conquista cada día un poquito más.






Cuenta la leyenda grecorromana que Tingé era la esposa del gigante Anteo. La mitología bereber adaptó la historia, según la cual, Tánger fue construida por Sufax, hijo de Tingis y del héroe bereber Anteo. Lo que a mí me despierta mayor curiosidad, sin embargo, es su historia más reciente. Su ubicación geográfica llegó a hacer de ella el centro de la diplomacia europea y de la actividad comercial marroquí. A principios del siglo XX, Tánger se convierte en una especie de enorme pastel que países como Bélgica, España, Francia y Estados Unidos, entre otros, se reparten en porciones. Es lo que llaman la Zona Internacional de Tánger. Pero bueno, no transformaré este escrito en un aburrido texto histórico. Lo que me interesa describir es lo que he visto con mis propios ojos y, sobre todo, lo que he sentido.





Pasear por Tánger es como abrir la caja de Pandora, nunca sabes con qué sorpresas te vas a encontrar. El ruido, el deambular del gentío, el tráfico ininterrumpido... La actividad de la ciudad es frenética a cualquier hora, de día y de noche. Es algo que contrasta con la parsimonia típica —y tópica— del talante marroquí. Si echas un vistazo general, tienes la sensación de estar en cualquier urbe europea, donde el apresuramiento es el protagonista. Aunque una observación más minuciosa nos hace descubrir que la pura esencia de Marruecos está ahí, agazapada. Lo ruidoso es el tráfico. El estrés es el sello del conductor marroquí. Pero cuando te sientas en la terraza de un Café a saborear un humeante té a la hierbabuena, mientras conversas con algún lugareño, recuerdas, justo entonces, dónde estás. En ese bendito instante se detiene el tiempo. Y recuperas el contacto con esa vieja teoría: La prisa mata.







Mi deambular por las calles tangerinas me lleva a descubrir el Teatro Cervantes. Me apena verlo en ese estado de abandono, pidiendo a gritos una restauración. Inaugurado en el año 1913, atrajo desde el principio a grandes artistas de la época. En él se representaron obras como Othelo, de Shakespeare, o Saladin, de Nagib Hadded. Y por sus escenarios pasaron celebridades de la talla de Imperio Argentina, Carmen Sevilla, María  Caballé o Lola Flores.





Tánger es considerada una ciudad multicultural en la que conviven comunidades musulmanas, cristianas y judías. A lo largo de la historia ha atraído la atención de artistas como Tennessee Williams, Paul Bowles, Francis Bacon o los componentes del grupo Rolling Stones, entre otros. Y ha conocido el éxito de la mano de personajes como Mohammed Chukri autor de El pan a secas—, que si bien nació en Beni Chiker, el Rif, su familia se trasladó a Tánger cuando él tenía diez años, y es considerado uno de los escritores más leídos y controvertidos del norte de África. Entre los residentes más célebres que ha tenido la bella Tánger, cabría destacar al escritor José Luís Sampedro. Y entre las personalidades nativas de Tánger podríamos mencionar a Ibn Battuta, Sholomo Ben Ami, Ramón Buenaventura, Bibiana Fernández, Elena Benarroch, y un largo etcétera.






Sin embargo, y como ya he comentado en otras ocasiones, a mí se me conquista por el estómago. Por lo tanto, no podría terminar este artículo sin mencionar qué exquisiteces hacen feliz a mi paladar cuando voy a Tánger. No son grandes manjares, saboreados en restaurantes de cinco tenedores. No. Son pequeños placeres  tan sencillos como desayunar un delicioso café con leche bien caliente, en su punto, espumoso, acompañado por dos o tres petit pain en la terraza del Café Panorama, con vistas al mar. Disfrutarlo despacio, contemplando el panorama —nunca mejor dicho— que ofrece el Paseo Marítimo y la playa Malabata. 







Al mediodía, lo mejor es elegir un establecimiento especializado en pescado y marisco, porque más fresco no lo encontrarás en ninguna parte. Los precios son muy asequibles. Si pides fritura de pescado, te servirán una fuente tan grande y variada que no podrás terminártela, muy a tu pesar. Sabroso, auténtico. Para merendar regresaría, sin dudarlo, al Café Panorama, y pediría té a la hierbabuena acompañado por una crep de amlou, algo que me hizo relamer de gusto el día que lo descubrí. El amlou es una mezcla de aceite de argán, miel y frutos secos troceados —en diminutas partículas, pero no molidos— que logrará que os reconciliéis con la vida, sea cual sea vuestro dilema o inquietud. ¡Os lo recomiendo! 










A la hora de cenar, yo optaría por un simple bocadillo. Y es que los bocadillos marroquíes no son en absoluto simples. Hay muchísimos establecimientos en los que los preparan, pueden ser de pollo, atún o tortilla, por ejemplo, pero ten por seguro que además de eso, también llevarán tomate, lechuga, cebolla, zanahoria rallada, pepinillos, aceitunas y patatas fritas —sí, sí, dentro del pan, no de acompañamiento—, todo ello aderezado con la salsa que tú escojas. Si alguno de esos ingredientes no es de tu agrado tendrás que avisar antes de que te lo preparen, si no todo irá dentro. ¡Son tan baratos! Y están buenísimos. Después, un tranquilo paseo junto al mar, tal vez otro ardiente y dulce té a la hierbabuena y…
La vida te parecerá sencillamente maravillosa.



Mar Montilla




















VIAJANDO POR VENETTO




Cuando era joven, si me daban a leer un libro cuyo autor era contrario a mi forma de ver, sencillamente lo apartaba y no lo leía. No he cambiado mucho, pero al menos, hojeo algunas páginas y me preocupo por saber algo más.
Hace unos días, viajando por Venetto, una amiga italiana me invitó a conocer la casa de Gabriele D’Annunzio, uno de mis autores relegados, ya que inspiró la doctrina fascista en su país, ayudó a escribir la Constitución… etc. Pese a mi resistencia cedí a la reiterada propuesta de mi amiga y fuimos.
Por fuera la casa es un claro anuncio de la moda que antecedió al estilo Decó y no llama la atención, no es atractiva, los jardines -en cambio- son más llamativos, con un caballo azul inmenso y disposición para sentarse y admirar el lago.


La sorpresa viene al entrar. Cada cuarto está atestado de diferentes objetos donde se ve su admiración por el Dante, Cervantes, otros que están en cuadros, estatuas, leyendas en el techo, etc.Hay 33.000 libros en la casa-museo.
Tuvo varias mujeres y un gran amor: Eleonora Duce. Cuando trabajaba debía cubrir su estatua para poder concentrarse. Era ecléctico, su sala de recogimiento tenía cantidad de santos católicos como Buda y otras deidades orientales. En la pared se lee que hay 5 pecados (desechó como pecados a la lujuria y la avaricia).
Quería trascender, no solo en la literatura sino en su vida particular, por lo que fundó una ONG a la que cedió su casa con todos los objetos. Planeó dos cuartos donde se lo honraría al morir, dos capillas ardientes, una para la familia y otra para el público que viniera a hacerle los honores.


A los 51 años demostró su temeridad en la Primer Guerra Mundial: Fue piloto de guerra voluntario y perdió la visión de un ojo en un accidente aéreo. El 9 de agosto de 1918, siendo comandante, organizó una de las mayores hazañas de la contienda: nueve aviones realizaron un viaje hasta Viena para lanzar panfletos propagandísticos, anunciaban el fin de la guerra. La guerra hizo que sus ideas nacionalistas se hicieran más fuertes, precursor de los ideales y las técnicas del fascismo italiano.

Fue poeta, publicado a los 16 años, comerciante, militar, político, escribió varias novelas (entre ellas: El inocente, que L. Visconti llevó al cine, El placer (1889) -exaltación del dandismo decadente y con análisis psicológicos al estilo de Stendhal y Bourget. Libro enfermizo, enervante, dañino y, también, bellísimo., El triunfo de la muerte (1894).
Las vírgenes de las rocas (1896) (“Es el más nítido y pulcro entre todos los de D'Annunzio, casi indemne de las obscenidades y blasfemias habituales, que son aquí y allá sus únicas fallas de gusto. Libro aéreo y fiero, severo y musical, dulce y nostálgico, noble y esbelto, lleno del encanto de lo fugaz y caduco, que hace meditar, añorar y suspirar.” Dice José de la Riva- Agüero)


También escribió el guion de la película Cabiri, fue considerado un símbolo del Decadentismo, sus escritos tienen poder y originalidad.
Por mi parte, puedo perdonarle sus amoríos, sus excentricidades, su morbidez, etc. Porque siempre separo al artista del hombre o de la mujer, pero su parte política fue más que una tendencia o ideología y me siento traicionándome al tratar de leerlo más allá de una ojeada.
Creo que mucha gente lo ve así, soy poco original, y es por lo que no es considerado entre los grandes literatos por bastantes lectores.
Pero volvamos a su casa, la arquitectura como parte de la cultura y de la personalidad de quien la proyecta, decora y vive en ella, tiene mucho que decirnos.
Por empezar: la gran casa-museo, El Vittoriale, que D’Annunzio mandó construir en los años veinte en la orilla del lago de Garda, en el pueblo de Gardone Riviera con intención de celebrar lo que D’Annunzio consideraba su “vida inimitable” y -justamente- la donó para ser recordado por todas las generaciones venideras. De hecho, las casi 200.000 personas que visitan su casa, lo recordarán por una cosa u otra.
La poca luz (excepto en su oficina, lugar de trabajo) nos dice que la penumbra lo ayudaba a inspirarse, que -dado su accidente y pérdida parcial de la visión en un ojo- debía sufrir de fotofobia y -tal vez- tenía momentos de depresión donde se ocultaba del mundo y de sí mismo.


Cada habitación tiene un nombre rimbombante (“de la música”, “del mapamundi”) hay un cuarto con una mano sobre la puerta y el techo con alusiones a Cervantes (el manco de Lepanto) era donde leía cartas recibidas, tantas, que decidió hacerse pasar por manco (¡!) para evitar contestarlas.
El baño “azul” es otro muestrario de objetos de todo tipo.
El comedor o La Sala de Cheli, llamado así por una tortuga, que murió en los jardines del Vittoriale de indigestión, y que se transformó en una tortuga de bronce como adorno sobre la mesa y en un símbolo de moderación y advertencia a la gula de los comensales. Casi nunca se lo vio cenando con los invitados, tal vez por coquetería ya que sus dientes se arruinaron por la edad.
El teatro al aire libre sobre el hermoso fondo azul del lago para 1500 personas que, en verano, asisten a eventos teatrales y musicales.
En síntesis: un personaje curioso de la cultura italiana y universal.

Mónica Ivulich











LA HABANA


Podría empezar diciendo; Que brindé con Hemingway en la barra del Floridita, que el Che seguía en el aire y en las fachadas. Decir que he cavado un túnel para llegar hoy allí, tan lejos. Existe un libre albedrío en el recuerdo, una cosecha o estación de memoria: En ropa de mar te encuentro tan cercana y tan callada. Desde la juventud que me precede, habitación ciento cinco, planta diecisiete, flashes de aquella mi piel azulada. Entre ayeres me despierto con el Caribe a salto de cama, Malecón de oleaje y piedras, ritmo y música de agua. —La novia le muerde los labios, el océano salpica sus dientes—. Y la caligrafía de la espuma con la huella dactilar del trópico, mojan mi ropa tan escasa y desnudan mis células de amapola.



Amanda Gamero

Austria, la tierra de mi abuelo


Viajar es más que escapismo, más que cultura, más que cambiar aires y relajarse… también es: Conocer paisajes, gente, costumbres, historias de países, de gente, de sitios…
Reencontrarse con amigos…
Reencontrarse con mitos, leyendas, fantasías…
Reencontrarse con partes de uno mismo, con episodios de nuestra prehistoria o historia familiar…
A veces, enterarse de que lo que creías fantasía es o fue realidad. esto me pasó a mi en septiembre 2004, Viena, con Sissi.
Vi una de las películas de Sissi cuando era pequeña y siempre soñé con esta emperatriz rebelde. Me parecía que era increíble y bella.   Creí que era una fábula o un cuento infantil, como Aladino, Blanca Nieves, etc..
FOTOS PROPIAS
El caso es que esta es una de las tres películas que recuerdo además de la alfombra voladora y una sin nombre en mi memoria, pero donde descubrí a los vikingos. Estos temas me mantenían atareada en mi infancia y adolescencia temprana.
Luego las hormonas hicieron lo suyo...
Mi amiga Mimi me invita a pasear por Austria y tomamos un coche a caballo en Viena. Durante este paseo es que descubro que Sissi existió, en el momento en que Mimi me indica: -“Allí vivió la Emperatriz Sissi” y me relata la anécdota real, más apasionante que la contada en película...

Sissi tiene una historia muy parecida -salvando distancias- a la de Diana o Lady Di, excepto que el marido se enamoró de ella. Aunque también tenía una Camila, una actriz de la época.
Sissi abogó por los campesinos; no se toleraban con su suegra que era muy fuerte y mandona (perdonando la débil expresión). 
Estaba obligada a tener varones, le dio los herederos por obligación (y con gran sacrificio de su salud).
Sissi, la emperatriz rebelde, viajó mucho, era realmente bella además de muy espiritual y fue asesinada (según versión oficial: por un anarquista italiano).

Si, hay puntos de coincidencia, aunque no exactos... me pregunto: ¿podría Lady Di ser reencarnación de Sissi...?
Austria es bella en sí misma, además los emperadores pusieron lo suyo, con tanto dinero acumulado solo para hacer pompa… la energía puesta en decoraciones es desopilante.
El palacio Schönbrunn que la realeza prefería en verano -un Versalles vienés- y el Palacio Imperial de Hofburg (ambos con nombres impronunciables para mi) que habitaron durante 600 años los Habsburgo, tienen la sofisticación en cada rincón y detalle.
Viena es bella en invierno, imagino en verano debe ser hermosísima. Una ciudad pacífica y encantadora. Los meseros, como vi en muchos restaurantes alemanes, usan los vestidos tradicionales.
Montañas y pinos y más pinos… increíble… la guerra hizo que muchos emigraran a tierras más rústicas de América, mis abuelos, por ejemplo, si no fuera por eso no creo que se hubieran ido de este país.


Pienso que Heidi era una privilegiada... Mi anfitriona Mimi también vive con paisaje de montañas, fue tan dulce y generosa que creo que fuimos familia en alguna vida… me dio todo y más... con un don de gente... con una alegría de poder agasajarme… me di cuenta lo mucho que significaba su amistad. Mimi es un ser especial que siempre estará en mi corazón. Austria, la tierra de mi abuelo, también...

Mónica Ivulich 

DR2017Fr
(Escrito en 2006 y editado en 2008 y
luego en 2017 para Escritoras Viajeras)

LA GALICIA PROFUNDA



Este verano he viajado a Galicia por primera vez. Sí, a mí también me parece mentira no haberlo hecho antes, pero las circunstancias -o la tozudez- no me lo permitieron. Modificar los viejos hábitos cuesta. Mi alma andaluza y mi corazón morisco suelen tirar de mí hacia el sur con fuerza. Hacia el de España, y más al sur todavía. Tenía la intención de visitar el norte de la península algún día, pero era algo que siempre posponía para más adelante.



La amable, reiterada e insistente invitación de una escritora gallega, mi buena amiga Mencía Yano, obró el milagro. Una semana por aquellos lares ha bastado para cambiar mi concepto acerca del ritmo de la vida, de las costumbres y de las prioridades. He regresado a la gran urbe con la mente despejada, el espíritu sereno, los pulmones limpios y las retinas atiborradas de imágenes en las que el verde bosque, el azul cielo y los ocres de la tierra son los protagonistas indiscutibles.


Efectuar en tren el recorrido desde Barcelona hasta Ourense también fue un acierto, dado que a través de la ventanilla pude deleitarme con la contemplación de unos paisajes de ensueño, a medida que penetrábamos en tierras vascas, por ejemplo. Es sorprendente la riqueza y los contrates que nos ofrece este país nuestro cuando le prestamos la suficiente atención, con la calma necesaria. El País Vasco y Asturias son ahora mis asignaturas pendientes.


Cuando llegué a la estación de A Rúa, Mencía estaba esperándome en el andén. No tengo palabras para expresar mi agradecimiento por la generosidad y alegría con las que fui recibida. Tanto ella, una temperamental galleguiña con un corazón que no le cabe en el pecho, como Gabino, su campechano marido, me han tratado como a una reina. 


Embelesada y muda me quedé durante el trayecto a Petín, ante la belleza del embalse que separa ambos municipios, unidos por el puente de la Cigarrosa. Y un sinfín de emociones indescriptibles me asaltaron en cuanto puse los pies en Petín, un pueblo de unos novecientos habitantes cuya gente, de talante amable y hospitalario, me hacía sonrojar cada dos por tres, tal era el entusiasmo y el cariño con el que se me daba la bienvenida. La llegada de cualquier foráneo a un lugar donde todo el mundo se conoce es siempre noticia, y en los pueblos las noticias vuelan. La sencillez de aquella vida, o al menos lo que pude observar en mi corta estancia, es, sin duda, lo que más me ha cautivado. Petín tiene todo lo que se necesita para vivir y carece de ruidos molestos, de prisa, de estrés. En una pequeña plaza con cuatro bares se reúnen al atardecer quienes desean charlar un rato y tomar algo, después de la jornada laboral. En Petín sólo hay una panadería, idéntica a la tahona del pueblo de mis padres, en la que algunas madrugadas nos colábamos, siendo adolescentes, atraídos por el irresistible aroma a pan recién hecho. En Petín el pan se sigue elaborando de forma artesanal, en los hornos de leña de antaño, y su sabor es tan exquisito que te pasarías el día comiéndolo. Por no hablar de la calidad de sus vinos, del delicioso pulpo a feira o el churrasco de ternera gallega asado a la parrilla. Tuve la sensación de que en Galicia el ocio gira en torno a la gastronomía, y me encontré en mi salsa, porque para mí buena comida es sinónimo de felicidad. ¡Se me conquista por el estómago!


Sin embargo, lo que más me enamoró de la Galicia interior, o al menos de los lugares que pude visitar, fueron sus bosques, su naturaleza, la abundante vegetación. En aquella zona, los montes están salpicados por diminutas aldeas, pertenecientes a los municipios que rodean el lugar. Mis guías turísticos particulares me llevaron a hacer un recorrido por la zona y tenía la sensación de haber regresado a la época medieval, donde un osado caballero debía rescatar a la princesa triste, recluida en la torre más alta del misterioso castillo. Pude ver dónde se halla el Santuario de As Ermitas. Según cuenta la leyenda, una monja se despeñó por aquel empinado monte y sobrevivió, hecho que se consideró milagroso, y motivó la construcción del Santuario.


Tuve la suerte de pasar unos días en una de esas pequeñas aldeas: San Martiño do Bolo. ¡Qué decir! A mí, que soy una persona tranquila, amante del silencio y la soledad, San Martiño se me antojó como una especie de retiro espiritual que todo el mundo debería practicar alguna vez. Ideal para meditar, reencontrarse con uno mismo, hallar la paz interior, leer, escribir. Viven allí unas tres familias. En verano la población sufre un ligero aumento debido al retorno de los lugareños que en su día emigraron a alguna gran ciudad como Barcelona o Madrid. En San Martiño, el amante de la juerga, el despiporre y la diversión no tiene nada que hacer. A San Martiño se va a respirar oxígeno puro; a caminar por la montaña recreándote en sus maravillosos parajes; a detenerte en la apreciación del nogal, del chopo, del olmo, de los helechos. A San Martiño se va a dejar escapar una risa pueril ante la inesperada aparición de una ardilla que salta de rama en rama, de árbol en árbol; a pasear con sigilo temeroso ante la posibilidad real de cruzarte con un jabalí; a gritar cual chiquilla al sorprender a un ciervo ocultándose entre la maleza a la velocidad de un rayo; a abrir unos ojos como platos ante ese erizo mimetizado entre las piedras del camino. A San Martiño se va a disfrutar de la agradable compañía que una elija o de la soledad; a mantener una agradable charla de sobremesa tomando un chupito; a recuperar la bendita costumbre de echar la siesta; a vislumbrar una hermosa puesta de sol a más de las diez de la noche; a extasiarse con la contemplación de un cielo repleto de estrellas, como miles de millones de lucecitas adornando el manto oscuro de la noche cerrada, una noche en la que sólo se oyen las chicharras, los grillos y algún que otro búho. A San Martiño se va a dormir a pierna suelta, en el más absoluto silencio, sumergiéndote en un sueño profundo y reparador capaz de compensar el insomnio de un año entero.



Galicia me ha dejado sabor a nostalgia y ganas de más. He conocido apenas una parte, pero hay mucho más por descubrir. Y por cierto, ¿no tenéis la sensación de que a Galicia la rodea siempre una aureola de misterio? Cuánto daría por conocer las miles de historias que se esconden en la profundidad de sus bosques, que se ocultan detrás de las paredes de piedra, las ventanas de madera y los terrados de pizarra de sus pazos, de sus casas. ¡Ay, si esos muros hablaran! Porque haberlas, haylas.

Mar Montilla





FOTOS PROPIAS



  

EMPORDÁ: ¿DESATENCIÓN O BENDICIÓN?

FOTOS DE LA RED     El tópico y la realidad señalan a esa tierra como lugar de artistas, y creo entender por qué. Se trata del Am...